
El presente artículo fue publicado en la página 78, edición número 53, mes de junio, de revista Jurista, “Edición Especial de Mecanismos de Solución de Conflictos. Voces construyendo paz y diálogo en México”.
LUZ DE LOURDES ANGULO LÓPEZ
Directora General del Instituto de Mediación de México, con sede en Hermosillo*.
Mi camino hacia los Mecanismos de Solución de Controversias no comenzó con una decisión planeada, sino con una experiencia que me transformó. Fue durante una capacitación cuando comprendí, casi como una revelación, que el cambio en un conflicto empieza en uno mismo: cuando moderamos nuestra propia actitud frente al otro, algo se mueve, se abre un espacio donde antes había sólo resistencia.
Esa idea, que en un primer momento me pareció teórica, la confirmé poco después al enfrentar un problema laboral. Apliqué lo aprendido, lo viví desde adentro, y vi con mis propios ojos cómo el diálogo y el cambio de actitud podían reconfigurar una situación que parecía sin salida. Ahí entendí que esto no era una técnica más: era una manera distinta de habitar los conflictos.
Llegué formalmente a los MASC por invitación del entonces presidente del Instituto de Mediación de México, el doctor Jorge Pesqueira Leal, quien marcó profundamente mi camino. Su acompañamiento y su visión fueron determinantes para que diera el paso. Al principio sentí mucho miedo —miedo a no estar a la altura, miedo a equivocarme con personas que confiaban su conflicto en mis manos—, pero al salir adelante en esos primeros procesos, supe con claridad que había elegido el camino correcto, en lo personal, en lo profesional y en lo laboral.
Cada entidad federativa tiene la gran oportunidad de construir su propia legislación
La Ley General de MASC representa un avance histórico para México y veo con entusiasmo, desde la práctica, varias oportunidades para seguir fortaleciéndola.
En primer lugar, considero que podríamos enriquecer el componente formativo de las personas facilitadoras. La ley contempla tiempos y contenidos que podrían ampliarse para dar mayor espacio a lo que verdaderamente sostiene este oficio: la empatía, la asertividad, el arte de hacer preguntas, el abordaje del conflicto y el dominio del proceso técnico-metodológico. Estas habilidades florecen en procesos formativos profundos y sostenidos, y reforzar este aspecto haría que la certificación adquiera todo su valor como verdadera garantía de calidad.
Sobre la certificación, creo que es una figura necesaria. Al mismo tiempo, considero que podría afinarse para evitar que en la práctica se preste a interpretaciones que afecten a la persona mediadora. Más que un mecanismo de control, esta profesión florece con acompañamiento cercano, supervisión ética y formación continua, herramientas que invitan a crecer y a sostener un ejercicio profesional sano y vigoroso.
Otro aspecto que considero valioso fortalecer es la construcción de mayor equidad entre las personas facilitadoras del ámbito privado y del ámbito público. Ambos sectores aportan enormemente a la cultura de paz en nuestro país y veo, desde mi experiencia, una gran oportunidad de avanzar hacia un marco que reconozca y acompañe a quienes ejercemos de manera privada, en condiciones similares a las que ya benefician al ámbito público. Sumar esfuerzos, en lugar de mantener brechas, nos permitirá construir un ecosistema de MASC más sólido, más diverso y verdaderamente colaborativo.
Asimismo, creo con respeto y convicción que el tema de los honorarios podría preservarse fuera del alcance de la ley, ya que pertenece, naturalmente, al ámbito de la libertad profesional y a la dinámica propia de cada servicio. Confiar en ese espacio de autonomía también es una manera de dignificar y fortalecer nuestro oficio.
Quiero destacar con especial entusiasmo un acierto que la ley ya nos ofrece: el reconocimiento a la interculturalidad y a los pueblos originarios. Esta es una puerta abierta para honrar y dignificar las formas tradicionales de resolución de conflictos que nuestras comunidades han practicado desde mucho antes que cualquier legislación, y abre un horizonte muy bello para seguir construyendo juntos.
Finalmente, identifico dos áreas de oportunidad estructural que vale la pena atender con cariño y decisión: por un lado, acompañar la ley con los recursos necesarios para su instauración real, de modo que su espíritu pueda concretarse plenamente en cada entidad; y, por otro, invitar a las legislaciones estatales a desarrollar su propio carácter, en lugar de replicar la ley marco. La ley general es un paraguas que nos cobija a todos, y cada entidad federativa tiene la gran oportunidad de construir su propia legislación, incorporando las regulaciones que su contexto, su cultura y su realidad social inspiren.
Universidad de Sonora, órgano pionero de divulgación de la justicia autocompositiva
Hablar de Sonora es hablar de un estado con un camino propio en materia de MASC, lleno de aprendizajes y oportunidades por delante. Verlo de esa manera es justo lo que nos permite seguir avanzando.
Sin duda, un gran acierto institucional es que el Centro de Justicia Alternativa del Poder Judicial del Estado se encuentra funcionando y prestando un servicio importante a la ciudadanía. Al mismo tiempo, vemos áreas de oportunidad muy claras: ampliar el número de profesionales de la mediación para responder al crecimiento de la demanda, y avanzar en la armonización de su marco jurídico con la legislación federal. Un esfuerzo coordinado en esta dirección permitiría que la institución despliegue todo su potencial.
Por otra parte, la Universidad de Sonora ocupa un lugar entrañable en esta historia, pues fue la institución pionera a nivel nacional en incorporar la mediación a nivel universitario y de posgrado y fue, durante años, una voz que difundió esta materia con fuerza tanto a nivel nacional como internacional, convirtiéndose en un verdadero órgano de divulgación de la justicia autocompositiva. Hoy existe una oportunidad para que la Universidad retome ese liderazgo histórico y vuelva a abrazar las bondades de esta justicia que ella misma ayudó a sembrar. Su regreso sería una excelente noticia, no sólo para Sonora, sino para todo el movimiento de los MASC en México.
De fondo, percibo una invitación muy clara a construir algo más estructural: una verdadera sinergia entre la Universidad, el Poder Judicial, el Gobierno y las personas mediadoras privadas. Cada uno de estos actores aporta una pieza fundamental y, tejer juntos ese ecosistema —compartiendo el camino— multiplicaría nuestros logros de una manera extraordinaria.
En cuanto a la práctica cotidiana, veo la oportunidad para impulsar una labor más amplia de difusión sobre lo que significa la justicia autocompositiva. Lo hemos comprobado con alegría: quienes han utilizado estos mecanismos confían profundamente en ellos y vuelven a buscarlos cuando enfrentan un nuevo conflicto. El reto, ahora, es que esa experiencia transformadora alcance a muchas más personas. También observo un amplio espacio para acercar la mediación especialmente a las y los abogados, e invitarlos a descubrir el valor que esta herramienta puede aportar a su práctica profesional.
Aun con todo esto, Sonora es diferente. Sonora avanza a su propio ritmo, y eso tiene una belleza especial. Si bien aún tenemos camino por recorrer en lo institucional, en el corazón de la sociedad sonorense está ocurriendo algo verdaderamente extraordinario: a través de la sociedad civil organizada se han impulsado programas innovadores donde la ciudadanía se involucra de manera directa y entusiasta. Los liderazgos comunitarios han asumido un papel activo en la gestión de sus propios conflictos y eso, para mí, es uno de los signos más esperanzadores de hacia dónde podemos ir como estado.
Quiero compartir con especial alegría dos experiencias que me llenan de orgullo. La primera es el Programa de Mediación Comunitaria impulsado por el Instituto de Mediación y la Unión de Usuarios de Hermosillo, bajo el inspirador liderazgo del maestro Ignacio Peinado Luna, una iniciativa que ha logrado que la ciudadanía gestione sus propios conflictos de manera colaborativa y que, por sus extraordinarias bondades, fue reconocida con fondos europeos.
La segunda es el Diplomado en Mediación y Prácticas Restaurativas al interior de los centros de internamiento, que se realiza a través del Instituto de Mediación de México, en alianza con el Patronato de Reinserción Social del Estado de Sonora, una experiencia profundamente conmovedora que ha mostrado el poder transformador de estas herramientas, incluso en los contextos más desafiantes.
Sonora avanza, y lo hace de una manera distinta: desde la gente, desde la comunidad, desde la sociedad civil. Ese es un camino que merece ser celebrado, reconocido, fortalecido y replicado.
La mediación es un camino para dar, servir y construir la cultura de paz
Concibo la cultura de paz como un conjunto de valores, actitudes y comportamientos fundamentados en el respeto a todos los seres, la empatía, la cooperación y el diálogo. Va mucho más allá de gestionar conflictos: se trata de crear un proceso vivencial donde las personas descubren sus cualidades positivas, desarrollan habilidades sociocognitivas y se reconocen corresponsables de transformar su realidad de una manera amorosa.
Desde mi trinchera, tengo la fortuna de aportar en tres dimensiones que se entrelazan con mucho sentido: el trabajo teórico, el formativo y el institucional. Me caracteriza desarrollar e impulsar iniciativas y estrategias innovadoras que enriquecen la manera en que las sociedades gestionan sus conflictos y construyen relaciones pacíficas. Para mí, esto no es sólo un compromiso profesional: es un compromiso profundo de vida.
Los espacios desde los que tengo el privilegio de construir paz son varios: la docencia, la administración académica al lado de las y los profesores, y la instauración de proyectos que dejan capacidad instalada en quienes los reciben. Mi compromiso, en principio, es irradiar desde mi pequeño espacio una gestión colaborativa con visión de paz, sabiendo con humildad que cada gesto cuenta y que las grandes transformaciones empiezan por los círculos cercanos.
Quiero compartir algo que para mí es fundamental y profundamente entrañable: la cultura de paz se construye, en principio, desde uno mismo. Es una invitación a trabajar, primero en nuestro propio interior, para poder ofrecer al otro lo que verdaderamente hemos cultivado dentro. Por eso intento modelar, día a día e instante por instante, una actitud proactiva frente al conflicto y frente a la vida. Creo profundamente que la manera en que tratamos a los demás siempre trae consecuencias luminosas, y que esa es nuestra responsabilidad como personas facilitadoras.
En la mediación me siento profundamente viva. Y, si tuviera que elegir otra vez, volvería a elegir este camino como mi forma de dar, de servir y de construir la cultura de paz.
Desafíos actuales
Los retos que enfrentamos hoy las personas mediadoras en México son significativos, y al mismo tiempo representan oportunidades para seguir construyendo juntas y juntos. Se sienten con particular intensidad en el ámbito público, donde tenemos un campo fértil para avanzar.
Los Centros públicos se beneficiarían enormemente con el fortalecimiento de tres elementos esenciales: más personal, mayores recursos y capacitación continua. Robustecer estos pilares permitirá que las instituciones desplieguen todo su potencial y que la calidad del servicio se sostenga en condiciones óptimas, honrando el compromiso admirable de quienes ahí trabajan cada día.
A esto se suma una invitación para conocer las condiciones laborales en el sector, que aún son dispares. La labor y la responsabilidad que cargan las personas mediadoras merecen ser apreciadas en toda su dimensión, también en lo económico. Estamos hablando de profesionales que acompañan con entrega procesos delicados, que sostienen conflictos humanos complejos, y que merecen contar con condiciones que correspondan a la trascendencia de su gran trabajo.
Otro espacio de oportunidad estructural es que aún no todos los 32 estados de la República comparten con la misma intensidad la convicción sobre las bondades y los beneficios de los MASC. En algunas entidades existe ya una voluntad política firme y una apuesta inspiradora; en otras, hay un camino por recorrer para que la mediación florezca plenamente en los hechos. Caminar hacia una mayor uniformidad nos permitirá construir un país con un mismo paso en materia de justicia autocompositiva.
Y hay un tema que considero clave atender con decisión: lograr que los MASC se consoliden como una verdadera política pública de Estado, de modo que los cambios de administración no afecten su continuidad. Trascender la voluntad personal de quien esté en turno, y construir un compromiso institucional sostenido en el tiempo, permitirá que todo lo que con tanto esfuerzo se ha edificado siga creciendo con la fuerza que merece.
Movimiento mediador, hacia una mayor interdisciplinariedad y especialización
La figura de la persona mediadora tiene un horizonte luminoso por delante y sigue ganando espacios con cada paso, de eso no tengo duda. Y este crecimiento puede acelerarse si desde la academia y las instituciones judiciales logramos una coordinación dinámica que permita compartir una nueva visión: comprender que la gestión del conflicto cotidiano corresponde, en esencia, a quien es dueño de él, y que nuestra labor es brindar las herramientas para que las personas mejoren su comunicación y recuperen su capacidad de decidir con dignidad.
Mi esperanza es que el movimiento mediador siga evolucionando hacia una mayor interdisciplinariedad y especialización, y que conforme la tecnología avance, también se integre con inteligencia y sensibilidad a nuestros procesos. Esa evolución se nutre de acciones concretas que ya están a nuestro alcance.
En primer lugar, impulsar con entusiasmo la figura del profesional en justicia autocompositiva desde todos los ámbitos, tal y como nuestra Constitución generosamente lo contempla. Y de manera muy práctica, abrir el camino para que en cada contrato que se celebre se incorpore una cláusula de mediación o conciliación, de modo que el diálogo se convierta de manera natural en la primera vía de gestión.
Al Estado le corresponde brindar mayor certeza y normas claras de acompañamiento, con cargas ligeras en lo administrativo, para que las personas mediadoras podamos concentrarnos en lo esencial: la tarea vivencial que realizamos con las partes.
A las universidades les toca una gran misión: incorporar materias sobre justicia autocompositiva y cultura de paz en un mayor número de programas, idealmente en todas las licenciaturas, porque la cultura de paz es una responsabilidad compartida y un regalo que todas las disciplinas pueden ofrecer a la sociedad.
Y por supuesto, hace falta seguir construyendo una política pública de acceso a la justicia a través de esta profesión, sostenida en el tiempo, con presupuesto, con visión y con continuidad.
Quiero detenerme en algo que me parece fundamental y muy esperanzador: la mal llamada “justicia alternativa” merece ser reconocida como la primera puerta a tocar en el acceso a la justicia, porque ofrece mayores posibilidades de acuerdo en mucho menor tiempo, y desde un lugar profundamente humano. La verdadera justicia “alternativa” es, en realidad, la justicia tradicional o heterocompositiva. Tenemos la oportunidad de invertir esa narrativa: dejar de ver los MASC como un camino secundario y reconocerlos como el primero, el más humano, el más restaurativo, el más cercano a las personas.
Y permítanme cerrar con una convicción que sostiene todo mi trabajo:
La mediación no es solamente saber todas las técnicas, los conocimientos y las herramientas. La mediación es estar AQUÍ.
Estar presente. Estar disponible. Estar entera frente a quien tiene un conflicto. Mientras más facilitadoras y facilitadores abracemos esta verdad, más cerca estaremos de reconstruir el país que todas y todos merecemos.
FICHA BIBLIOGRÁFICA DE LA AUTORA*
Abogada por la Universidad de Sonora y Doctora en Derecho por el Centro Universitario de Baja California. Posgrado en Negociación y Mediación por el Instituto de Mediación de México. Certificación en Justicia para Adolescentes. Actualmente se desempeña como Directora General del Instituto de Mediación de México, con sede en Hermosillo. Es Coordinadora Ejecutiva de los Congresos Nacionales y Mundiales de Mediación, así como administradora de talentos en el ámbito de la justicia autocompositiva. Fue galardonada por la Escuela Española de Mediación como Profesional del Año, en reconocimiento a su trayectoria. Se define, ante todo, como una eterna aprendiz, comprometida con la construcción de una cultura de paz en México.


