
Datos duros, salud mental y la fuerza transformadora de los Mecanismos de Solución de Conflictos –MSC–
Jóvenes personas mediadoras como motor transversal para pacificar a la comunidad
Diana Gabriela Campos Pizarro
La práctica de los Mecanismos de Solución de Conflictos (MSC)e y la docencia me regalan todos los días la oportunidad —y el reto constante— de renovarme; de investigar y analizar el conflicto no solo desde la academia, sino desde las necesidades más humanas. Esto es lo que me permite ir más allá de los temarios, las leyes y los códigos, llevando al aula el análisis de casos reales que he construido como un acervo propio de experiencias.
Y como he señalado con plena convicción, prefiero llamarlos Mecanismos de Solución de Conflictos (MSC) por su profunda esencia humana, distanciándome de la fría terminología procesal. No son meros trámites técnicos ni vías accesorias del litigio tradicional; son competencias indispensables para la vida, herramientas de conocimiento para el autocuidado intrapersonal y cimientos para cultivar relaciones interpersonales sanas que hagan posible la convivencia pacífica en sociedad.
Para comprender su alcance sin caer en ambigüedades, los MSC se definen como procedimientos voluntarios, flexibles, confidenciales y no adversariales mediante los cuales dos o más personas gestionan por sí mismas soluciones satisfactorias con la asistencia de un tercero imparcial. Privilegian la autonomía de la voluntad, la comunicación asertiva, la comunicación no violenta, la empatía y la restauración de los lazos comunitarios.
Ello exige mirar a la persona desde su esfera intrapersonal: donde, como licenciada en Derecho —y sin pretender ejercer la psicología ni invadir el ámbito clínico—, resulta indispensable reconocer y atender los conflictos propios, la salud mental, la capacidad para gestionar emociones y su impacto directo en el desenvolvimiento social.
Asimismo, requiere adentrarse en la complejidad de los conflictos interpersonales: entender por qué se generan las tensiones, sus múltiples causas, las dinámicas de poder, los recursos, las creencias, las costumbres y la manera en que cada persona los enfrenta. Por ello, hablar de los MSC es hablar de herramientas socio-jurídicas que permiten a las personas, familias y comunidades tender puentes de gestión, prevención, solución de controversias y, sobre todo, evitación de las violencias.
Por ello, hablar de los MSC es hablar de herramientas socio-jurídicas que permiten a las personas, familias y comunidades tender puentes de gestión, prevención, solución de controversias y, sobre todo, evitación de las violencias.
Y siguiendo con las propuestas que he venido formulando —de consolidar a los MSC como herramientas socio-jurídicas para la prevención, atención y solución de conflictos, y de posicionar la formación de jóvenes personas mediadoras como la gran respuesta desde las universidades— es indispensable contrastar la teoría con la estadística oficial. Los datos duros no mienten: por todas las habilidades y destrezas que requieren y desarrollan, los MSC demuestran no ser un “romance teórico”, sino una respuesta urgente e indispensable a nuestra realidad social.
Los estudios nacionales muestran además que la preferencia ciudadana por resolver controversias mediante el diálogo directo o la autocomposición disminuyó del 51.2% al 37.5%, lo que evidencia una pérdida progresiva de la capacidad espontánea para acordar en sociedad.
Vistos en esta dimensión, es evidente que, lejos de tratarse de litigios complejos los conflictos en su origen, el INEGI reporta que el 75.6% de los enfrentamientos ocurre entre vecinos y el 35.3% en la vía pública, detonados principalmente por incivilidades cotidianas como el ruido (hasta un 19.8%), la basura tirada o quemada (18.5%) y disputas por estacionamiento (hasta un 17.1%).
Estas cifras demuestran que las violencias no nacen de la nada: se incuban en pequeñas fricciones diarias que, al no contar con canales comunitarios de mediación, escalan e impactan severamente el bienestar de la gente.
¿Y en dónde entran las personas jóvenes y las universidades en este diagnóstico? Al analizar la demografía con esta perspectiva, descubrimos que las personas jóvenes representan cerca del 20% (una quinta parte) de la población total en México. Alrededor de cada uno de los más de 370,000 estudiantes que integran una comunidad universitaria como la UNAM, existe una densa red humana: sus familias directas, el personal docente y administrativo, sus compañeros de aula y los actores comunitarios circundantes.
Si calculamos que cada estudiante influye directamente en el bienestar o estrés de al menos 4 a 5 personas de su círculo primario, estamos hablando de un ecosistema vivo de más de 1.8 millones de personas interconectadas solo alrededor del entorno universitario.
La UNAM ha dejado constancia de esta urgencia a través de su labor de investigación social y divulgación científica, documentando cómo la articulación entre el conocimiento universitario y la participación comunitaria logra prevenir y contener la violencia desde sus raíces. [1]
Por esta razón, reitero el papel fundamental de las universidades: desde todas sus áreas de conocimiento, la atención del conflicto no puede reducirse a un enfoque legalista. Todas las ciencias universitarias tienen una cuota indispensable de responsabilidad en la pacificación del país.
Vistos así, los MSC requieren de una confluencia multidisciplinaria: necesitamos articular la psicología y la medicina para atender la salud mental intrapersonal; el trabajo social para intervenir en las familias; la administración y la politología para la gestión de recursos; y el derecho para dar certidumbre, sumando así a cada área del saber y de la técnica humana en esta tarea común.
Ubicando a la educación en la punta del vértice del desarrollo nacional, la propuesta estratégica consiste en “Formar jóvenes personas mediadoras” de manera transversal en todas las áreas del conocimiento. Incluir en los temarios y planes de estudio de todas las carreras, para que los estudiantes de medicina, ingeniería, contaduría, arquitectura, derecho o administración desarrollen habilidades de detección temprana, gestión y solución pacífica de controversias, convierte a cada persona joven en una semilla comunitaria.
Porque, además, toda persona profesionista enfrentará desacuerdos en su ejercicio laboral con clientes, pacientes, socios o equipos de trabajo; por ello, los MSC no son exclusivos del foro judicial, sino una competencia indispensable para la gestión social y el liderazgo profesional.
De este modo, al egresar y retornar a sus familias, colonias y centros de trabajo, estas jóvenes personas mediadores replican la cultura de paz, previenen escaladas de violencia desde la raíz intrapersonal y promueven entornos de trabajo saludables.
Invertir en su formación socioemocional es transformar la salud mental colectiva —respaldado por estudios de bienestar subjetivo que señalan que hasta un 85% de las juventudes en entornos pacíficos alcanzan su máximo nivel de satisfacción escolar y familiar— y reconstruir el tejido social con números y resultados medibles.
Cierro este espacio con un profundo y sincero reconocimiento a quienes nos han abierto brecha en esta noble vocación: a la Dra. Patricia Gómez Ríos, al Dr. Francisco Gorjón Gómez —sabiendo siempre que caminamos en hombros de gigantes—, a la Mtra. Hilvia Díaz Garay, y a todas y todos los mediadores que día a día van haciendo camino al andar, compartiendo conocimientos y experiencias para lograr ecosistemas de paz.
Mi agradecimiento especial a la Revista JURISTA por brindar este foro indispensable para la reflexión y la transformación social.
Como sostengo firmemente: ¡la acción es la última forma de plegaria, pongámonos en acción!.
[1] Escapar de la violencia. ¿Cómo ves? Año 19. No. 218. Revista de divulgación de la Ciencia de la UNAM.


