El abogado del diablo en la mediación: del cuestionamiento a la construcción de acuerdos

En la mediación, el abogado del diablo deja de ser un contradictor para convertirse en un ángel de la guarda de las partes

ALBERTO VILLEGAS CABELLO

Docente de la materia Medios Alternos de Solución de Controversias en la Universidad Autónoma de Coahuila, donde también funge como coordinador de la Academia de Medios Alternos de Solución de Controversias*. 

En días pasados, al participar en un taller de mediación, surgió un paréntesis para reflexionar sobre la figura del abogado del diablo. La conversación tuvo como punto de partida la novela El abogado del diablo, publicada en la década de los sesenta por el escritor australiano Morris West. El autor recibió una sólida formación religiosa al estudiar durante doce años en el Christian Brothers College de East St. Kilda. Aunque se preparó para la vida religiosa, finalmente decidió no profesar los votos. En su novela relata el proceso de canonización de un candidato a santo, en el que el llamado “abogado del diablo” tiene la misión de poner en duda las virtudes y méritos del aspirante antes de que la Iglesia tome una decisión definitiva.

Por otra parte, El abogado del diablo fue llevada al cine en 1997, con las actuaciones estelares de Al Pacino y Keanu Reeves. La historia narra la vida de un joven litigante proveniente de una pequeña población de los Estados Unidos que recibe una atractiva oferta para incorporarse a un prestigioso despacho jurídico en la ciudad de Nueva York. La razón de su contratación es su impecable historial de victorias en los tribunales. A lo largo de la película se exploran las debilidades humanas, especialmente aquellas que pueden seducir a los abogados en el ejercicio de su profesión: la ambición, la soberbia, la vanidad y el deseo desmedido de triunfar, aun cuando ello implique defender intereses moralmente cuestionables. Paralelamente, el personaje interpretado por Al Pacino busca influir sobre el joven abogado para imponer una visión del mundo dominada por el mal y la corrupción.

Aunque pertenecen a expresiones artísticas distintas, la novela de Morris West y la película protagonizada por Al Pacino comparten un elemento en común: ambas presentan a un personaje cuya función consiste en cuestionar y poner a prueba las convicciones de los demás. En la obra literaria, el abogado del diablo actúa como un investigador que examina con rigor la vida de quien aspira a la santidad. En la película, en cambio, representa la exaltación del egoísmo, el egocentrismo, la vanidad y la inflexibilidad, mostrando cómo estas debilidades pueden conducir al abogado a apartarse de los principios éticos que deben orientar el ejercicio de la profesión.

En la abogacía siempre existe una constante tensión entre el bien y el mal, la justicia y la injusticia, el triunfo y la derrota dentro de los tribunales. Sin embargo, cuando trasladamos la figura del abogado del diablo al ámbito de los métodos colaborativos de solución de controversias, su significado adquiere una dimensión completamente distinta. En este contexto deja de ser un personaje de confrontación para convertirse en un facilitador de la realidad, cuya función consiste en ayudar a las partes a reflexionar objetivamente sobre las consecuencias de sus decisiones. Mediante preguntas estratégicas, el mediador invita a cada participante, durante las sesiones privadas o individuales, a valorar los costos, riesgos y beneficios de alcanzar una solución negociada.

Durante la sesión individual de mediación o conciliación, cuando las partes se encuentran evaluando opciones y la negociación parece estancarse, el mediador puede desempeñar el papel del abogado del diablo. Su intervención consiste en formular preguntas como: ¿Qué ocurriría si no llegaran a un acuerdo? Este tipo de cuestionamientos permite ampliar la perspectiva de los mediados, estimular su creatividad, generar nuevas alternativas de solución y fortalecer la capacidad para tomar decisiones conscientes. Todo ello se realiza sin perder el control del proceso y manteniendo un ambiente de confianza y colaboración.

El verdadero sentido del abogado del diablo dentro de la mediación consiste, precisamente, en cuestionar de manera privada y respetuosa las posturas de cada una de las partes, con el propósito de modificar la percepción del conflicto. Lo que inicialmente parecía un panorama oscuro e incierto puede transformarse, mediante la reflexión, en un escenario donde surjan oportunidades para el entendimiento y la construcción de acuerdos mutuamente satisfactorios.

Desde la perspectiva doctrinal de la mediación, este ejercicio encuentra fundamento en la técnica denominada prueba de realidad (reality testing). Mediante esta herramienta, el mediador formula preguntas estratégicas que permiten a las partes analizar objetivamente las fortalezas y debilidades de sus posiciones, valorar los costos económicos, emocionales y jurídicos de mantener el conflicto, así como visualizar las consecuencias de no alcanzar un acuerdo. No se trata de persuadir ni de imponer una solución, sino de propiciar que cada persona tome decisiones libres, informadas y plenamente conscientes.

La doctrina especializada respalda esta forma de intervención. Christopher W. Moore sostiene que el mediador favorece la toma de decisiones cuando ayuda a las partes a confrontar la realidad de sus expectativas y alternativas. De igual manera, Jay Folberg, Alison Taylor y Dwight Golann coinciden en que el facilitador puede emplear preguntas reflexivas para ampliar la perspectiva de los mediados, siempre respetando los principios de imparcialidad, neutralidad y autodeterminación de la voluntad. En consecuencia, el denominado abogado del diablo no representa una figura de confrontación, sino una técnica legítima para fortalecer el diálogo, estimular la creatividad y conducir a las partes hacia acuerdos más sólidos y duraderos.

En una sociedad que demanda formas más humanas y eficaces de resolver las controversias, el verdadero abogado del diablo no es quien destruye los argumentos de las partes, sino quien, mediante preguntas inteligentes y una escucha activa, las conduce a descubrir la realidad de su conflicto y las acompaña en la construcción de una solución nacida de su propia voluntad. Esa es, en esencia, la grandeza de la mediación: transformar el cuestionamiento en conciencia, la confrontación en diálogo y el conflicto en una oportunidad para alcanzar la paz. Paradójicamente, dentro de la mediación el abogado del diablo deja de representar a quien busca desacreditar una posición para convertirse en quien protege a las partes de las consecuencias de una decisión irreflexiva; en otras palabras, el abogado del diablo pasa a ser un verdadero ángel de la guarda.

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