¿Por qué seguimos llevando todo a los tribunales?

Por Octavio Ruiz Méndez

Durante décadas hemos construido una cultura jurídica en la que parece existir una sola respuesta frente al conflicto: demandar. Ante una diferencia con un vecino, un desacuerdo comercial, un problema entre socios o incluso una controversia familiar, la primera reacción suele ser buscar un abogado que prepare una estrategia para ganar un pleito.

Pero pocas veces nos detenemos a hacer una pregunta esencial: ¿realmente todos los conflictos necesitan un tribunal?

Esta reflexión no implica desconocer la importancia del Poder Judicial. Los tribunales son una pieza fundamental del Estado de Derecho y existen conflictos donde una decisión judicial es indispensable para proteger derechos y restablecer el orden jurídico. Sin embargo, pensar que toda diferencia humana debe convertirse en un expediente es una visión limitada de la justicia.

En la práctica profesional he podido observar que muchos conflictos que llegan a una demanda no nacieron siendo problemas jurídicos complejos. Iniciaron como un desacuerdo, una falta de comunicación, una expectativa incumplida o una relación deteriorada que, al no atenderse oportunamente, escaló hasta convertirse en un litigio.

El gran problema es que hemos confundido el derecho a acudir a los tribunales con la obligación de resolver todo a través de ellos.

La consecuencia de esta visión es una sociedad cada vez más litigiosa, donde las personas depositan en un tercero la responsabilidad de solucionar conflictos que, en muchos casos, podrían atenderse mediante el diálogo estructurado, la negociación o la mediación.

Además, existe una realidad que no podemos ignorar: un juicio implica tiempo, costos económicos y un desgaste emocional que muchas veces no se refleja en la sentencia final. Hay conflictos donde, aunque alguien gane jurídicamente, todos pierden en términos de relaciones personales, oportunidades económicas o tranquilidad.

La verdadera evolución del sistema de justicia no consiste únicamente en tener más juzgados o procedimientos más complejos. También implica ofrecer a los ciudadanos más caminos para resolver sus controversias.

Es aquí donde la mediación privada adquiere una relevancia especial. Lejos de ser una alternativa secundaria, representa un modelo de justicia más participativo, donde las personas recuperan el protagonismo sobre sus propios conflictos y construyen soluciones ajustadas a sus intereses reales.

La pregunta que debemos hacernos como sociedad no es si los tribunales son necesarios; sin duda lo son. La pregunta correcta es si estamos utilizando los tribunales para aquello que verdaderamente requieren su intervención.

Una cultura jurídica madura no es aquella que tiene más demandas, sino aquella que cuenta con ciudadanos capaces de dialogar, negociar y alcanzar acuerdos cuando la naturaleza del conflicto lo permite.

Quizá el gran reto del siglo XXI no sea enseñar a las personas cómo litigar mejor, sino cómo resolver mejor sus conflictos.

Dr. Octavio Ruiz Méndez es abogado, mediador privado y docente de la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana, especialista en Derecho Ambiental y Mecanismos Alternativos de Solución de Controversias. Su trayectoria combina la investigación jurídica con la promoción de una cultura de paz y justicia ecológica. Ha participado en proyectos de innovación normativa y mediación socioambiental, impulsando la integración de los principios de sostenibilidad y empatía inter-especie en el ámbito jurídico. Su trabajo académico se centra en la transformación del derecho hacia modelos más inclusivos, participativos y respetuosos con todas las formas de vida

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