Constitución y el fin del “nuevo mundo común”

Observatorio Constitucional

José Ramón González Chávez

En la columna pasada comentamos que en materia constitucional, hoy existen instituciones “no visibles” como la confianza, la autoridad, la legitimidad, no inscritas en ningún texto constitucional pero que no obstante son columnas que le dan sustento y sentido a la a todo Estado democrático y que sin las cuales difícilmente podríamos hablar de Constitución en sentido, no solo formal sino sobre todo en lo material. ¿De qué serviría el mero texto constitucional sin ese triple soporte para la toma de decisiones, para convertir en actos concretos lo dispuesto en la norma fundamental?

Ante la realidad formal y material, tangible e intangible de la norma fundamental, teóricamente la retórica, la narrativa de sesgo ideológico poco tiene que hacer. Sin embargo, en la práctica, ante el autoritarismo, ante la imposición de decisiones unilaterales, fundamentalistas, que han provocado la modificación de dos tercios de la constitución a favor de caprichos personales del ejecutivo, y de los grupos que representa, el ordenamiento constitucional se ve gravemente perjudicado.

Lo que ahora se puede llegar a llamar “el mundo común” no es otra cosa que lo que en la teoría política lásica se llama “el acuerdo en lo fundamental”, aquello en lo que en el fondo todos podemos estar de acuerdo, independientemente de nuestras diferencias en razón de nuestras preferencias y expectativas personales o de grupo, Eso es realmente lo que desde la época griega es denomina la política, la políteia, lo que nos concierne a todos, independientemente de nuestros gustos personales.

El asunto es que desde años antes de que diera inicio el sexenio pasado, la estrategia lejos de abonar a este acuerdo colectivo ,lo que se ha hecho es dividir, separar, polarizar convertir la comunidad política en un foro bipolar que no da cabida a los acuerdos, donde el pensamiento único se empeña en imponerse destruyendo a todo aquel y a toda corriente que piense distinto, eliminando con ello el debate, la discusión argumentada, en fin la política y la democracia en su sentido más profundo. Solo así se puede entender por qué ese empecinamiento en destruir instituciones, proyectos, obras, ideas, grupos, en apostarle a la soledad del ciudadano en lugar de convocarlo a la participación colectiva para encontrar soluciones comunes.

¿Será posible reencontrar esos acuerdos en lo fundamental en los que independientemente de las diferencias ideológicas pudiera ser factible encontrar un rumbo común a partir del cual se pueda debatir, argumentar, convencer al otro, encontrar concordancias donde verdad, opinión y pluralidad no sean antagonistas sino condiciones de construcción y mantenimiento de una sociedad realmente democrática?

Defender la pluralidad de opiniones no es defender las respectivas diferencias ni construir disensos. Se trata, más bien, de reivindicar el “mundo común”, el punto de partida, la plataforma a partir de la cual podamos exponer nuestras ideas, contrastarlas con las otras, pero no para imponer nuestra visión sino para hacerlas compatibles con las del otro en aras de enriquecer un modelo que resuelva problemas, que encuentre soluciones.

Por eso la pluralidad, visión tan distante y distinta del pensamiento único, es la columna vertebral de lo político; solo desde ella es posible el avance democrático. Esto que parece obvio en los hechos no lo es tanto, al contrario, pareciera que la intención que cada vez se acentúa más es de radicalizar e imponer la visión desde el poder, sin entender que en esta necedad se encuentra escondido el germen de su propia destrucción. Ahí están los hechos; al tiempo…

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