
Políticas, traiciones y algo más
Marco González Kuri
Escuchar los discursos de nuestras cúpulas empresariales en estos días es una experiencia verdaderamente mística. Si uno les cree a los optimistas, el nearshoring —la relocalización de las cadenas de suministro globales— es una bendición caída del cielo industrial que, por compartir frontera con los Estados Unidos, nos va a convertir en una potencia del primer mundo. El entusiasmo es comprensible y la oportunidad es histórica. El problema, como siempre, es el abismo que separa el discurso formal de la cruda realidad. Seamos claros: el nearshoring no se decreta en las convenciones de negocios; se documenta, se fiscaliza y se defiende con técnica en la aduana, o simplemente no existe.
La Ley de Ingresos de la Federación para este Ejercicio Fiscal 2026 no miente y pone las cosas en su justa dimensión económica: estima una recaudación de 254 mil 756.8 millones de pesos exclusivamente por impuestos al comercio exterior. La cifra es contundente, pero lo que no dice — y es donde está la verdadera historia — es que ese monto representa apenas una fracción de lo que el fisco debería estar cobrando. El arancel efectivamente pagado entre octubre de 2024 y mayo de 2025 fue de apenas el 2.9%, cuando la tasa nominal promedio de la Tarifa de Impuestos Generados por la importación y export6ación (TIGIE) se ubica en 8.4%. Dicho con claridad: dos terceras partes de lo que la ley ordena recaudar en las fronteras mexicanas simplemente no llega al erario. Las aduanas son uno de los nichos recaudatorios más grandes, más subestimados y más políticamente incómodos que tiene el Estado mexicano: es el pendiente más rentable que nadie ha querido cobrar en serio.
La aduana mexicana dejó de ser la ventanilla de sellos que fue durante décadas para convertirse en una plataforma hiperconectada donde cada pedimento deja rastro y cada valor declarado se contrasta en tiempo real. No es casualidad que la recaudación por importaciones haya crecido 60.15% en términos reales respecto a 2025: ese salto no se explica solo por el alza de aranceles, sino por la eliminación progresiva de los espacios de opacidad.
El Plan Maestro del SAT cruza las operaciones de comercio exterior directamente con los CFDI de ingresos y egresos en segundos. Un error de origen o de valor hoy se traduce en la congelación inmediata del padrón de importadores, embargos precautorios y créditos fiscales capaces de desaparecer una empresa mediana antes de que termine el mes.
El verdadero reto ético y operativo para el empresariado mexicano que aspira a ser proveedor de las grandes firmas transnacionales que se están asentando en el país no es el precio, sino la credibilidad. Los gigantes de la tecnología y la manufactura global no vienen a jugar a la ruleta rusa con la burocracia local; exigen a sus proveedores locales una trazabilidad absoluta. Quieren saber de dónde viene el tornillo, quién procesó la materia prima, si el proveedor tiene infraestructura real (materialidad pura del artículo 69-B) y si su contabilidad resiste una auditoría internacional. Pretender subirse a la mina de oro del nearshoring arrastrando expedientes aduaneros débiles, contratos de palabra y contabilidades maquilladas es de una ingenuidad que raya en lo delictivo.
Pero para que el juego sea limpio, la rectitud debe aplicar de ambos lados de la frontera fiscal. Resulta grotesco exigirle a la PyME pulcritud en sus pedimentos de importación mientras en los puertos de entrada subsiste el contrabando técnico bajo el cobijo de la simulación aduanera oficial. El esfuerzo del empresario por mantener sus costos y clasificaciones en regla pierde sentido cuando el mercado se inunda de mercancía subvaluada que pasa frente a las narices de la autoridad aduanera. La autosostenibilidad y el crecimiento industrial del país exigen que el rigor del SAT sea parejo, persiguiendo con la misma fuerza el fraude corporativo privado y la corrupción que valida los cascarones gubernamentales de importación.
El contador público contemporáneo ya no es el capturista que recibe los pedimentos vencidos para ver cómo los acomoda en el balance; hoy es el custodio de la viabilidad internacional de la empresa. Su labor es realizar auditorías preventivas de comercio exterior, conciliar las operaciones aduaneras contra los CFDI en tiempo real, vigilar el cumplimiento de las reglas de origen y blindar la materialidad de la cadena de suministro antes de que el fisco decida jalar la palanca de la suspensión de padrones.
La oportunidad industrial del siglo está tocando a nuestra puerta y México tiene todo para ganar la partida. Pero en las ligas mayores del comercio global, el desorden se castiga con la quiebra. El fisco ha digitalizado sus garras en las aduanas, es cierto; pero los empresarios con visión de futuro saben que la ingeniería contable preventiva y el orden documental son la única llave legítima para abrir la puerta de la relocalización global. Al final de cuentas, el tren de la riqueza no acepta papeles falsos; se aborda con una estrategia sólida y un experto de tu lado.


