
Fernando Córdova del Valle
Hace algunos años escribí un texto en el que intentaba explicar la relación entre la amistad y la justicia a partir de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Hoy, al reencontrarme con aquellas líneas, no sólo me reconozco en ellas: confirmo que el tiempo no las ha debilitado, sino que las ha hecho más exigentes.
Lo que antes era una preocupación, hoy es una realidad evidente: vivimos una crisis que no radica en la ausencia de normas, sino en el olvido de los principios que les dan sentido. Y en ese contexto, quienes tenemos la responsabilidad de impartir justicia no podemos limitarnos a aplicar la ley; estamos llamados a comprender su dimensión humana.

En esa reflexión vuelve a aparecer Don Quijote. No como el símbolo de la locura, sino como la representación de quien decide mirar el mundo desde una convicción distinta. A lo largo de la historia, quienes piensan así suelen ser incomprendidos. No porque estén equivocados, sino porque no se ajustan a lo establecido.
Sin embargo, con el tiempo he entendido algo más: no basta con querer cambiar la realidad; hay que sostener esa intención con integridad, incluso cuando ello implique soledad o incomprensión. Ahí es donde los valores dejan de ser discurso y se convierten en forma de vida.
En la obra de Cervantes aparecen con claridad valores que no han cambiado: la amistad, la justicia, el honor, la lealtad, el respeto. Lo que sí ha cambiado es la urgencia de vivirlos.
Desde entonces sostuve que la amistad y la justicia ocupan un lugar central. Hoy lo reafirmo con mayor claridad: no son valores aislados, sino complementarios.
La amistad verdadera no surge de la conveniencia, sino de la experiencia compartida. Se construye con el tiempo, se sostiene en la lealtad y se expresa en el cuidado del otro. Por eso, cuando Don Quijote confía en Sancho, no sólo lo reconoce como compañero: le otorga algo más profundo, confianza. Y la confianza es, en esencia, una forma de lealtad.
Por su parte, la justicia —en la definición clásica de Ulpiano, dar a cada quien lo suyo— no es un acto mecánico, sino una decisión consciente. Decidir implica asumir responsabilidad, y toda decisión justa exige independencia, pero también claridad interior.
No es casual que en la obra se advierta: “No te ciegue la pasión propia de la causa ajena”. Más que un consejo, es una regla de vida para quien juzga. Porque el juzgador debe ser sensible, pero no influenciable; firme, pero no ajeno a la realidad humana. La imparcialidad no es frialdad: es dominio de uno mismo.
Con los años lo entiendo mejor: nada debería inquietar más a quien imparte justicia que la posibilidad de haber sido injusto.
Es ahí donde amistad y justicia se encuentran. Porque quien entiende la amistad como el deseo genuino del bien del otro, comprende también el sentido más profundo de la justicia. No como imposición, sino como equilibrio; no como distancia, sino como responsabilidad.
Al final, la pregunta sigue siendo la misma: ¿vale la pena insistir en los valores? La respuesta tampoco ha cambiado. Sí. Porque al pensarlos, al escribirlos y, sobre todo, al vivirlos, uno mismo se transforma.
Se ha dicho —y se atribuye a Carlos Fuentes— que hubo un tiempo en que Don Quijote no existía. Hoy forma parte de nuestra realidad porque alguien fue capaz de imaginarlo.
Quizá la pregunta no es si podemos imaginar un mundo mejor.
La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a sostenerlo.


