
Alberto Villegas Cabello
Abogado y Mediador
Una de mis grandes pasiones es escuchar música de blues durante los fines de semana. Este gusto me fue inculcado por un buen amigo, el Teacher Jorge Blanco, a través de aquel programa “Blues, Solo Blues”, transmitido por la estación Frecuencia Extrema, XEKS 960 AM.
Recuerdo que Jorge hablaba, en una entrevista con un medio informativo local, sobre su afición por este género musical nacido en el Delta del Mississippi y sobre la manera en que el blues se había convertido para él en un estilo de vida. Lo resumía con una frase que refleja perfectamente esa pasión: “El blues es un motor grande en mi vida, me mueve bastante. Siempre he sido muy apasionado de la música; es una parte muy importante para mí. Es como jugar fútbol o básquetbol. El blues es mi deporte”.
Y creo que esa frase también puede aplicarse a la mediación. Porque, así como el blues puede convertirse en una filosofía de vida, la mediación también puede ser mucho más que una profesión: puede ser una manera de entender a las personas, los conflictos y la vida cotidiana.
En alguna ocasión hablé sobre mi gusto por el blues y mi oficio como mediador, y encontré una interesante relación entre ambos. Tal vez alguien se pregunte: ¿qué tiene que ver el blues con la mediación? Para mí, ambos parten de una experiencia humana. Muchas veces, las personas llegan a una mediación buscando una salida a un problema, cargando preocupaciones, tristeza, enojo o incertidumbre.
Aquí es donde, de manera simbólica, podemos recurrir a la herramienta de B. B. King: enfrentar el problema, expresarlo y transformarlo. El blues nos enseña que incluso de la tristeza puede surgir algo valioso. De la misma manera, la mediación busca que las personas puedan mirar su conflicto desde otra perspectiva y construir una solución que responda a sus propias necesidades. Un buen acuerdo, finalmente, es como una buena pieza de blues: nace de una experiencia real y está hecho a la medida de quienes la viven.
En muchas pláticas con conocidos y compañeros de trabajo, el tema principal termina siendo nuestro oficio. Hablamos de la mediación, de los conflictos que observamos y de la manera en que esta profesión ha cambiado nuestra percepción de la vida diaria.
Después de tantos años de preparación académica y práctica profesional, uno termina comprendiendo que la mediación no se queda únicamente en una sala de sesiones. La filosofía de paz, el diálogo, la escucha y la comunicación también forman parte de nuestra vida cotidiana. Lo mismo ocurre cuando impartimos una cátedra a nuestros alumnos o compartimos nuestra experiencia con otras personas: la mediación termina acompañándonos en nuestra manera de pensar y de relacionarnos.
La mediación, como método alterno y colaborativo para la solución de controversias, exige principios fundamentales como la honestidad, la humildad, la tolerancia y la discreción. Pero, sobre todo, exige algo muy importante: ser congruentes con nosotros mismos.
Recuerdo una conversación con la Maestra Minerva Siller, pasante del Doctorado en Medios Alternos de Solución de Controversias de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ella comentaba cómo los conocimientos y herramientas de la mediación también pueden aplicarse en la vida diaria. En primer lugar, en la comunicación con los hijos y con la pareja. Poco a poco, desde el hogar, se puede sembrar una visión diferente, basada en el respeto, el comportamiento positivo y, sobre todo, en el diálogo.
Por eso puedo decir que la mediación es mi motor. Es una forma de vida basada en la lógica colaborativa, en la actitud, el entusiasmo y la convicción de que siempre es posible construir mejores relaciones humanas. También implica trabajar constantemente para reducir la envidia, la soberbia y todo aquello que nos aleja de los demás.
Como dicen las abuelitas, “desde que Dios amanece”, debemos procurar que nuestra actitud sea congruente con lo que predicamos. Cuando iniciamos una sesión conjunta de mediación, tenemos el deber de dejar a un lado nuestras preocupaciones personales y ofrecer a las partes nuestra mejor disposición, nuestra escucha y, cuando sea posible, una sonrisa sincera.
Pero esa congruencia debe comenzar mucho antes de entrar a una sala de mediación. Debe estar presente desde el momento en que iniciamos el día, cuando convivimos con nuestra pareja, nuestros hijos, nuestra familia y las personas que nos rodean.
Porque, al final, la mediación no comienza en la oficina ni termina cuando concluye una sesión.
La mediación comienza en casa. Porque un buen mediador, primero, debe aprender a serlo en su propio hogar.


