
𝗛𝗼𝗹𝗹𝘆𝘄𝗼𝗼𝗱 𝘀𝗲 𝗾𝘂𝗲𝗱𝗮 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗼
𝘌𝘭 𝘤𝘢𝘵𝘢𝘤𝘭𝘪𝘴𝘮𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘏𝘪𝘮𝘢𝘭𝘢𝘺𝘢 𝘯𝘰 𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘢 𝘥𝘦 𝘧𝘪𝘤𝘤𝘪𝘰́𝘯, 𝘴𝘪𝘯𝘰 𝘰𝘵𝘳𝘢 𝘢𝘥𝘷𝘦𝘳𝘵𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘥𝘦 𝘶𝘯 𝘱𝘭𝘢𝘯𝘦𝘵𝘢 𝘭𝘭𝘦𝘷𝘢𝘥𝘰 𝘮𝘢́𝘴 𝘢𝘭𝘭𝘢́ 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘴 𝘭𝘪́𝘮𝘪𝘵𝘦𝘴
𝗔𝗥𝗧Í𝗖𝗨𝗟𝗢 𝗗𝗘 𝗢𝗣𝗜NIÓN
𝗣𝗼𝗿 𝗥𝘂𝗯𝗲́𝗻 𝗥𝗶𝗰𝗮𝗻̃𝗼 𝗘𝘀𝗰𝗼𝗯𝗮𝗿

Hollywood se está quedando corto. Durante décadas, el cine imaginó montañas derrumbándose, ríos convertidos en murallas y ciudades arrasadas. Parecían exageraciones concebidas para estremecer. Sin embargo, lo ocurrido el 26 de agosto de 2026 en la frontera entre Nepal y el Tíbet demuestra que la realidad ha comenzado a superar a la ficción.
Aproximadamente a las 8:40 de la mañana, una gigantesca masa de hielo, roca y sedimentos se desprendió del Himalaya. El impacto desencadenó una avalancha, un flujo de escombros y una inundación repentina que descendió por los ríos Bhote Koshi y Trishuli. La corriente avanzó, según los primeros análisis, a unos cincuenta metros por segundo —ciento ochenta kilómetros por hora— y arrasó poblados, carreteras, puentes e instalaciones hidroeléctricas.
Al momento de escribir estas líneas, se habían confirmado 359 muertes y más de mil personas permanecían desaparecidas. Donde antes había casas, caminos y vida cotidiana quedaron extensiones de barro y destrucción. La emergencia continúa: el material desprendido formó una presa natural cuyo rompimiento podría provocar otra inundación.
No fue, como se creyó inicialmente, un terremoto: la señal registrada por los sismógrafos fue producida por el colapso de la montaña. Tampoco sería responsable afirmar que el cambio climático fue, por sí solo, la causa inmediata y única; esa relación continúa bajo investigación. Pero existe un contexto imposible de ignorar: el retroceso de los glaciares, la degradación del permafrost, el aumento de las temperaturas y las precipitaciones extremas desestabilizan las grandes pendientes. Un estudio publicado este año en 𝘊𝘰𝘮𝘮𝘶𝘯𝘪𝘤𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯𝘴 𝘌𝘢𝘳𝘵𝘩 & 𝘌𝘯𝘷𝘪𝘳𝘰𝘯𝘮𝘦𝘯𝘵 advirtió que las avalanchas de hielo y roca aumentan en el Himalaya y pueden transformarse, en segundos, en cadenas de peligros que recorren decenas de kilómetros.
Nepal no es una anomalía incomprensible. Es la manifestación más brutal de los riesgos que se expanden en un planeta más caliente: incendios incontrolables, lluvias extremas, sequías prolongadas, olas de calor que rebasan la tolerancia humana y glaciares convertidos en amenazas para las poblaciones asentadas aguas abajo.
Para mí, esta preocupación no nació con Nepal. En el libro 𝘈𝘶𝘳𝘰𝘳𝘢 relato una experiencia de 2001, cuando acompañé a una misión científica internacional que estudiaba los efectos regionales del cambio climático en Veracruz. Una noche, en la sierra de Zongolica, conversé con un joven científico canadiense. Yo sostenía que una movilización mundial para reforestar, abandonar los combustibles fósiles y detener la contaminación podría frenar rápidamente el calentamiento.
Su respuesta me acompañó desde entonces. Me explicó que, incluso si la humanidad cambiara radicalmente de conducta de un día para otro, la inercia del sistema climático continuaría operando durante décadas. El daño causado no desaparece cuando cesa la agresión: los gases acumulados permanecen, el océano conserva y redistribuye el calor y los glaciares siguen respondiendo a condiciones generadas años atrás. Lo expresé después en el capítulo 𝘙𝘦𝘨𝘦𝘯𝘦𝘳𝘢𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘭𝘢𝘯𝘦𝘵𝘢 de 𝘈𝘶𝘳𝘰𝘳𝘢: “El sistema climático responde con retraso. La Tierra tiene memoria”.
Aquella conversación ocurrió hace veinticinco años. Desde entonces, y durante años de trabajo desde el Centro Municipalista para el Desarrollo, he insistido en que el cambio climático no es una amenaza remota. Sus consecuencias ya habían comenzado y aumentarían en frecuencia, complejidad y fuerza. No siento satisfacción por comprobar que aquella advertencia era correcta, sino preocupación por la lentitud con la que la humanidad reacciona.
Por eso, en 2019, durante el discurso de clausura del Seminario Internacional sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible, celebrado en la ciudad de Veracruz, pronuncié una frase que hoy adquiere una gravedad todavía mayor:
“La Agenda 2030 es el grito más desesperado de la humanidad, y quizá sea el último, por salvar a la humanidad de sí misma”.
No era una expresión retórica. Era la síntesis de una convicción: la mayor amenaza para nuestra continuidad no procede de una fuerza exterior, sino de la forma en que la humanidad produce, consume, gobierna y destruye los sistemas naturales de los que depende.
La evidencia ya no admite indiferencia. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que 2015-2025 concentró los once años más cálidos registrados. En 2025, la temperatura media global se situó aproximadamente 1.43 grados Celsius por encima del promedio preindustrial. Los glaciares perdieron masa, los océanos siguieron calentándose y los fenómenos extremos afectaron a millones. No es una oscilación pasajera, sino una alteración sostenida del sistema que hizo posible nuestro desarrollo.
La distancia entre lo que sabemos y hacemos resulta moralmente insostenible. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente calcula que las políticas vigentes conducirían hacia un calentamiento cercano a 2.8 grados Celsius este siglo. Aun cumpliendo todos los compromisos nacionales, la trayectoria seguiría alrededor de 2.3 a 2.5 grados. Para conservar una ruta compatible con 1.5 grados, las emisiones tendrían que disminuir cerca de 55 por ciento para 2035 respecto de 2019. Avanzamos, pero no a la velocidad necesaria.
En 𝘈_𝘶𝘳𝘰𝘳𝘢_ hablo de un punto de no retorno. Conviene entenderlo con rigor: no existe necesariamente un solo precipicio climático que atravesaremos en una fecha exacta. Existen múltiples umbrales en los glaciares, los océanos, los bosques, los arrecifes y las grandes corrientes planetarias. Al cruzar algunos de ellos, los cambios pueden alimentarse a sí mismos, continuar durante siglos o volverse prácticamente irreversibles en escalas humanas.
Hablar de la posible desaparición humana no debe convertirse en una profecía sensacionalista, pero tampoco descartarse con ligereza. Nepal no anuncia por sí solo una extinción inminente; demuestra que debilitamos simultáneamente los sistemas que nos proporcionan agua, alimentos, temperaturas habitables y estabilidad social. Cuando ese deterioro se combina con desplazamientos, desigualdad, conflictos y gobiernos incapaces de anticiparse, el riesgo deja de ser únicamente ambiental: alcanza a la civilización y, llevado a sus extremos, a nuestra continuidad. No necesitamos certeza absoluta sobre la extinción para comprender que apostar el futuro humano sería una irresponsabilidad imperdonable.
El planeta no desaparecerá. La Tierra ha sobrevivido a transformaciones mucho más profundas que nuestra presencia y continuará existiendo con nosotros o sin nosotros. Lo que está en juego son las condiciones de habitabilidad que permitieron a la humanidad florecer. Rescatar el planeta significa rescatar la alianza vital que hace posible nuestra existencia. No es una consigna romántica ni una moda ambiental: es una tarea de supervivencia.
La respuesta debe ser global, pero comienza en cada territorio. Son indispensables la transición energética, la reducción de emisiones, la protección de los bosques, la restauración de suelos y ríos y una economía que deje de extraer y desechar como si la Tierra fuera infinita. Debemos abandonar la idea de que destruir la naturaleza es el precio inevitable del progreso.
Los gobiernos locales tienen una responsabilidad insustituible. Es en los municipios donde una amenaza global se convierte en inundación, incendio, escasez de agua, cosecha perdida o familia desplazada. Cada municipio debe conocer sus riesgos, actualizar sus atlas para incorporar amenazas encadenadas, impedir asentamientos en zonas de peligro, restaurar cuencas, establecer alertas tempranas y preparar presupuestos e instituciones para escenarios que ya no pueden calcularse sólo con los registros del pasado.
Nepal también deja una lección de gobierno. En 2025, un glaciar sepultó gran parte de Blatten, Suiza, pero el monitoreo y una evacuación oportuna redujeron extraordinariamente la pérdida de vidas. Que un acontecimiento extremo se convierta en tragedia humana depende también de la previsión, el ordenamiento territorial, la ciencia aplicada y la capacidad de actuar. La prevención no detiene un glaciar, pero puede impedir que una población quede debajo de él.
No bastan nuevas tecnologías o mejores protocolos. La crisis climática nace de una ruptura más profunda: dejamos de sentirnos parte de la Tierra y nos comportamos como propietarios de todo lo que vive. Convertimos bosques en mercancía, ríos en drenajes y la atmósfera en vertedero. La solución exige recuperar una ética del límite, el cuidado y la pertenencia. Necesitamos aprender nuevamente a habitar el planeta.
Hollywood se queda corto porque sus catástrofes terminan cuando aparecen los créditos. Las verdaderas no tienen música de cierre. Dejan madres buscando a sus hijos, comunidades borradas del mapa y generaciones obligadas a reconstruir lo que pudo protegerse. Nepal no es una película ni una noticia distante: es un espejo colocado frente a toda la humanidad.
Aún podemos modificar el rumbo. Cada fracción de grado que evitemos significará menos territorios devastados, menos vidas perdidas y mayores posibilidades de adaptación. Pero la ventana se estrecha y el tiempo físico del planeta no obedece al calendario electoral, a los intereses económicos ni a nuestra comodidad. Como sostengo en 𝘈𝘶𝘳𝘰𝘳𝘢, regenerar la Tierra es la frontera que separa la continuidad de la extinción.
Durante demasiado tiempo nos preguntamos cuánto crecimiento podía soportar la naturaleza. Ha llegado la hora de formular la pregunta correcta: ¿cuánta destrucción más puede soportar la humanidad? Rescatar, preservar y defender el planeta es la obra común de nuestro tiempo. No porque la Tierra dependa de nosotros, sino porque nosotros, absolutamente todos, dependemos de ella.
_rubenricano@cmdmexico.org


