Diviértete y de paso aprende: recuperar el arte de vivir

FERNANDO CÓRDOVA DEL VALLE

Hace algún tiempo comencé a utilizar una frase que con los años ha terminado por convertirse en una auténtica filosofía de vida: “Diviértete y de paso aprende.” Confieso que cuando la pronuncié por primera vez hace más de 10 años, no imaginé que encerrara tanto significado.

Parecía una expresión sencilla, incluso cotidiana, pero el paso del tiempo me permitió comprender que detrás de esas palabras existe una propuesta que hoy resulta más necesaria que nunca. En una época marcada por la prisa, la confrontación permanente y la búsqueda incesante de reconocimiento, quizá una de las grandes tareas de nuestra generación consista precisamente en recuperar la capacidad de disfrutar la vida sin dejar de aprender de ella.

Vivimos rodeados de avances tecnológicos que han transformado prácticamente todos los aspectos de nuestra existencia. Tenemos acceso inmediato a información que otras generaciones como la mía (aquí mientras escribo sonrío), tardaban semanas o meses en obtener.  Podemos comunicarnos en segundos con personas que se encuentran a miles de kilómetros de distancia y conocer acontecimientos ocurridos en cualquier parte del mundo casi en tiempo real.

Sin embargo, mientras el conocimiento parece multiplicarse, la sabiduría parece escasear. Lamento si ofende la frase. Pero es que, sabemos más cosas, sí, no lo niego, pero no necesariamente entendemos mejor la vida.

Estamos más conectados, pero con frecuencia nos sentimos más solos. Disponemos de más herramientas para comunicarnos, aunque paradójicamente cada vez nos cuesta más escucharnos.

La consecuencia de este fenómeno es visible en todos los ámbitos de la convivencia humana. Creo y en ocasiones lo afirmo: hemos comenzado a perder la paciencia para dialogar, la disposición para comprender puntos de vista distintos y la capacidad de reflexionar antes de emitir un juicio. En ocasiones pareciera que la sociedad ha confundido la velocidad con la profundidad y la opinión con el conocimiento. Se privilegia la reacción inmediata sobre la reflexión pausada, como si pensar detenidamente fuera un lujo incompatible con los tiempos modernos.

Pero quizá la pérdida más preocupante no sea ninguna de las anteriores. Lo verdaderamente alarmante es que estamos dejando atrás ciertas virtudes que durante siglos permitieron construir comunidades sólidas: la palabra empeñada, la gratitud, la responsabilidad, el respeto y la confianza. Conceptos que en algún momento parecían naturales hoy necesitan ser explicados y defendidos. Como si hubiéramos llegado al absurdo de justificar aquello que durante generaciones fue considerado indispensable para la convivencia.

Frente a esta realidad surge una pregunta inevitable: ¿qué debemos rescatar? Mi respuesta es sencilla. Debemos rescatar aquello que nos permite crecer como seres humanos sin perder la alegría de vivir. Durante demasiado tiempo se nos hizo creer que aprender era una obligación pesada y que divertirse constituía una forma de evasión. Separamos dos dimensiones que en realidad deberían caminar juntas. Aprender puede ser apasionante. Reflexionar puede ser estimulante. Descubrir nuevas ideas puede convertirse en una de las mayores satisfacciones de la existencia.

Por ello sigo creyendo que la frase “Diviértete y de paso aprende” representa mucho más que una invitación al optimismo. Constituye una forma de entender la vida. Significa asumir que cada experiencia contiene una enseñanza, que cada error puede transformarse en crecimiento y que cada encuentro humano tiene algo valioso que aportar. Significa reconocer que el conocimiento no se encuentra únicamente en los libros o en las aulas, sino también en las conversaciones, en los viajes, en las derrotas, en las amistades y en los desafíos que enfrentamos cotidianamente.

Particularmente los jóvenes necesitan escuchar este mensaje. Vivimos en una cultura que con frecuencia les exige resultados inmediatos y les vende la idea de que el éxito consiste en acumular seguidores, bienes materiales o reconocimiento público. Sin embargo, las experiencias más valiosas de la vida suelen construirse de manera silenciosa. El carácter no se forma en un instante. La credibilidad no se obtiene por decreto. La confianza no puede comprarse. Todo aquello que verdaderamente importa requiere tiempo, esfuerzo y congruencia.

Por eso estoy convencido de que el desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en formar profesionistas más preparados o ciudadanos más informados. El verdadero reto es formar seres humanos más completos. Personas capaces de disfrutar la vida sin caer en la superficialidad, de defender principios sin caer en el fanatismo y de alcanzar metas sin perder de vista los valores que les dieron origen.

Urge, es necesaria una revolución, pero no solo tecnológica ni política, sino una más profunda y mucho más humana. La de volver a encontrar sentido en lo esencial. La de recuperar la capacidad de aprender, de asombrarnos y de crecer sin renunciar a la alegría. La de comprender que una vida bien vivida no se mide solamente por lo que logramos acumular, sino por aquello que aprendimos, compartimos y construimos durante el camino.

Si logramos rescatar esa visión, habremos recuperado mucho más que una idea, habremos recuperado una forma de vivir, y entonces y solo entonces descubriremos que una de las verdades más sencillas también puede ser una de las más profundas: divertirse y de paso aprender.

Estas líneas forman parte de una reflexión que he venido construyendo durante años y que hoy encuentra espacio en mi libro: Diviértete y de paso aprende.

Lo escribí pensando en quienes no se resignan a vivir en automático; en quienes todavía creen que los principios importan, que los valores tienen sentido y que siempre es posible volver a empezar.

Porque al final, la verdadera riqueza de una vida no está en lo que acumulamos, sino en lo que aprendemos, compartimos y dejamos en el corazón de los demás.

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