Entre la ética y la moral… el amor al servicio profesional

Texto publicado en la página 12, edición 52, de revista Jurista.

FILOSOFÍA JURÍDICA

JESÚS MARTÍNEZ GARNELO

Licenciado en Derecho, con el más alto promedio de su generación. Maestría en Derecho Privado y Maestría en Derecho Penal. Doctorado en Derecho Penal por la UNAM, calificación de diez y Mención Honorífica. Posdoctorado en la Universidad de Milán, con mención Magna Cum Laude. Autor permanente de Editorial Porrúa, con numerosas obras publicadas.

Dentro de los avatares de la vida y los imprescindibles que ésta nos va dando, el hombre y su entorno, su ayer, su propia historia, su presente y, por supuesto, el devenir en su existencia, denominado comúnmente futuro, surgen y se dan, se plasman, acentúan y forjan, toda una serie de postulados y principios perennes en el contexto de su conformación existencial; aspectos que se desarrollan día con día e, incluso, se van acentuando como un quehacer cotidiano en beneficio de su propia persona y, por supuesto, de la sociedad donde vive, donde actúa, presta un servicio en calidad de servidor público, o ya bien a una institución a su cargo para con los gobernados.

El preámbulo anterior obedece, por sobre todo, respecto de los tiempos que ahora mismo se están viviendo y suscitando, desarrollándose estos ante un mundo de cambios de corte institucional y, obviamente, en el bajo nivel académico profesional, que repercute en la funcionalidad objetiva y certera de las instituciones, lo que me permite abordar el presente con un tópico tan especial pero muy sensible y que, por supuesto, se publicará en una de las revistas más importantes a nivel nacional, por todos conocidos, denominada Jurista, dirigida por mi respetable amigo, doctor Octavio Ruiz Martínez.

Si tomásemos en cuenta sólo algunos de los principios en los proverbios del rey Salomón, éstos se circunscribirían a lo más simple y sencillo, que todo hombre por el simple hecho de nacer, trae consigo, y estos son entre otros: honestidad, rectitud, objetividad de la realidad, incorruptibilidad, buena fe, pureza, equidad, justicia, responsabilidad, condescendencia, sapiencia, inteligencia, probidad, pero siempre bajo la unidad de conceptos tan transcendentales como la verdad y mesura u humildad, que en diversos casos, el individuo como tal, no logra desarrollar a plenitud.

Son tantos los estudios de personalidad del hombre, que en este breve texto sería insuficiente describir uno a uno; por ello, sólo citare algunos, sin tratar de ser un sofista o filosofo especializado en la materia, dado que en el planteamiento que se vierte al principio del presente, se ubican dos relevantes tópicos que toda sociedad de este Tercer Milenio debe adoptar con mayor acuciosidad, es decir: la ética y la moralidad; ambas juegan un papel tan relevante en la prestación de un servicio profesional, como la de cualquier arte u oficio, los cuales deben estar imbuidos por un concepto tan sencillo pero a la vez tan complejo denominado “amor al servicio profesional”.

La ética, dentro de la formación de un ser humano, conforma una prioridad, un requisito indispensable para la construcción del hombre en el contexto de su vida moral; sin embargo, no debemos confundir ética con moral, ello independientemente de que en la práctica los citados términos son utilizados como sinónimos.

La ética es una rama de la Filosofía que tiene como objetivo de estudio el tratamiento de la moral y de las obligaciones del hombre, entre otros aspectos; estudia la naturaleza del bien supremo, el origen y la validez del sentido del deber, el carácter y autoridad de las obligaciones morales…; abarca, en sí, todos los aspectos de la conducta humana, por ejemplo: lo personal, social, económico, filosófico, político, religioso o espiritual, etc.  

            Este concepto proviene del griego Ethos, que etimológicamente significa el modo de ser de una persona con la que integra sus motivos personales en su orientación y en sus prioridades individuales.

            En cambio, la moral, viene del latín mor-moris, que significa hábito o costumbre. Es una ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad, a su sencillez, a su transparencia, de actos desde que nace hasta que muere; por ello, la moral entra el estudio de las costumbres fundamentales de cultura de una sociedad en sí, de un individuo como tal, consideradas éstas como buenas, las que, en un período históricamente determinado, se justifican y califican como actos y lineamientos de moralidad. Consecuentemente, entre la ética y la moralidad, hay una relación intrínseca de formación y de un incuestionable “amor al servicio profesional” a favor de la sociedad, el que puede describirse o transformarse desde el más decoroso oficio, hasta la presentación de un servicio profesional, máxime cuando maneja uno de los fines más importantes de la ciencia de cómo es la justicia, en donde no debe caber duda alguna, y debe aplicarse en la creación de la ley, interpretación y aplicación de ella, en su más pura fineza legislativa, e independientemente de que se afecta en muchos casos a alguna de las partes involucradas en un caso en particular.

En este contexto, las instituciones legalmente establecidas delimitan, bajo los cánones de la ley, el interactuar de los gobernados, pero, además, éstos siempre están atentos y sujetos al derrotero enmarcado precisamente en ese instrumento legal supremo, mismo que delinea los procedimientos para su estricta aplicación y, en consecuencia, jamás quedará sujeta a caprichos, apreciaciones subjetivas, bondades especiales por inclinación personal o compromiso con alguno de los particulares, caso contrario, se romperían precisamente estos lineamientos de ética y moral y, por obviedad lógica, se trastocarían evidentemente todo tipo de garantías, cuyos fines fueron creados a través de una serie de opiniones sabias y sacrificios de grandes pensadores desde los propios orígenes de la humanidad.

Por ello remarco: estos son sólo dos grandes principios que debemos fortalecer todos los días, en forma individual como colectiva, como un todo, amalgamando los esfuerzos humanos, profesionales y espirituales para llevar una vida recta, de acuerdo a la dignidad del ser como tal.

Un hombre ético se califica por la rectitud de su conducta humana en toda su existencia y no sólo por un acto; al respecto Aristóteles afirmaba: “puede ser sujeto de evaluaciones distintas, tomando en cuenta el tipo de comunidad, de sociedad, o de Estado”.

Ética es un principio que nace de la razón y cuyo lazo de objetividad y de transparencia es el hacer el bien común a todos, el alcanzar lo bueno, lo bello, y lo verdadero. Aristóteles habla del animal racional ubicando al hombre como tal, de una ley natural, la que se basa en las fuerzas de la razón y de la moral. Al padre de la ética, ubicando a Aristóteles, le siguen Max Scheller o Nicolai Hartmann, los cuales buscaron afanosamente los fundamentos de una vida moral que conforman en el hombre su actuar ético, con el único propósito de que éstos no lleguen a modificarse, para así no trastocar el sentido de toda vida moral.

Si retomásemos lo anteriormente planteado, serían cuatro los fundamentos que enlazan en sí los valores éticos y morales del individuo:

  • La libertad personal. Esa libertad de elección, de libre albedrío, de libre determinación del hombre, en cuanto a su capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo, de decidir cuándo tiene que manejar toda una serie de conceptos, hechos, datos o prueba o en su caso, en ese don que Dios le ha delegado para inclinar su conducta con bondad, con verdad, rectitud, humanismo y justicia, en beneficio de la humanidad.
  • La conciencia. Elemento interior o subjetivo, a través del cual la persona puede razonar y hacer una deducción práctica que le permita ser capaz de conocer si lo que hace, realiza y ejecuta es bueno o es malo en el aspecto moral; pero que su yo interno, le describe su actuar como una especie de balanza para tomar una determinación, valga la expresión, en forma concienzuda, humana y razonable.
  • Las normas morales, éstas son reglas que enseñan como principios, muestran y ordenan el camino que se debe evitar, porque son moralmente aceptadas, o lo que se debe hacer, porque moralmente es bueno; y
  • Las fuentes de moralidad. Estas son entendidas como la diversidad de los elementos que integran y se vinculan en el momento preciso de reconocer la dimensión moral de todo acto humano.

Consecuentemente, debemos conjugar ética y moral, y de ésta lo inmoral y la amoral y, obviamente, entre la libertad personal del hombre, es decir, de su actuar en forma consciente, de manejar las reglas del buen hacer y de los elementos que integran su desarrollo social y humano, ahí sólo hay un solo postulado o eje rector… su formación, en cuanto a la aplicación de sus deberes bajo un marco deontológico integrador de su propia profesión.

Por ello insisto, entre la ética, la moralidad y el servicio profesional, se da la unidad funcional tan simple, pero a la vez tan compleja, como lo es el amor al desarrollo de esa actividad, la cual debe también traducirse como una entrega total, absoluta y totalizadora para la prestación del profesionalizado, que indudablemente se conformará como un privilegio, en la construcción de su vida con ética dentro de la moralidad.

Si un hombre presta un servicio profesional con ética y moralidad estaremos en presencia de un ente con características especiales, que, sin lugar a dudas, obligará a la reflexión para con los demás y así evitar el mermar los efectos o defectos de su conformación humana, ya sea para delinquir, para corromper a otros, para corroerlos de odio o de inclinaciones especiales personalísimas, que, lejos de ser calificados como actos de ignorancia, denotan una total ambigüedad y carente de objetividad de los principios éticos y morales; logrando con ello, que estos sujetos den una valoración personalísima a la sociedad, como meros individuos artificiales, materialistas y de dudosa capacidad profesional, intelectual e incluso inhumana, carente de humildad.

De ahí la importancia de que todo Servidor Público debe, ante todo, tener una clara y transparente visualización del conjunto de esos aspectos, que en conclusión describirán un dominio integral de sus valores, mismos que entrarán en beneficio y en forma práctica de esta hermosa y bella tarea denominada profesión y de ese servicio, que aportan día con día para con la sociedad

El propósito del presente es simple, ya que consiste sencillamente en describir, aunque no tanto generalizadamente, todas las bases fundamentales de los principios éticos y morales enfocados hacia la actividad del servicio profesional, buscan, en consecuencia la revaloración de su propio yo, de su propio entorno funcional, que lleva implícito, desde que nace hasta que muere, máxime cuando se trata de aplicar la ley en pos de la justicia, del bien común y de la paz social; aunque en muchas ocasiones no sea grato o plausible para algún caso en particular, pues es aquí donde, precisamente, se parte de esa revaloración ética respecto de su profesionalización, su grado de especialización en su actuar, para así responder a las necesidades que se exigen en nuestro tiempo, pero sujetos siempre a la propia ley y la ciencia del Derecho, en donde la legalidad y el respeto de los Derechos Humanos es y seguirá siendo el péndulo del individuo y su existencia. Para lograrlo, se requiere a un verdadero profesional, máxime cuando el desarrollo de sus actividades se encuentra envuelto de estos principios de ética y moral, en donde su actuación se orientará bajo aspectos de sensibilidad ética, a la eficacia de las funciones encomendadas, y al conocimiento integral de todos esos valores que realiza en y precisamente como actividad y esta, como arte u oficio que práctica.

El tema en análisis resulta de por sí complicado, máxime cuando se trata de concatenarlo con una de las funciones sociales en las que se desarrolla el hombre, referente al servicio profesional; por ello afirmo, no se pretende globalizar ni describir lecciones sobre estos temas tan poco explorados, y con carácter axiológico, pero sí se pretende, y se busca, sensibilizar a las personas que desarrollan esta actividad para conformar su actividad laboral y personal en ejes rectores de estos principios éticos, para que su delicada tarea sea positiva o calificada por la sociedad, ese es el objetivo de mi planteamiento.

En conclusión, al sistematizar el conjunto de principios, de valores éticos en el servicio profesional, son desde Aristóteles, hasta este tercer milenio, procesos educativos, culturales e intelectuales, de objetiva sapiencia, y de una consciente labor humana y sensible hacia sus semejantes para propiciar la interpretación y raciocinio de los mismos en su actuar cotidiano dentro y fuera de esa función, que como servidor profesional le ha tocado desenvolverse, ya sea en forma particular o en la aplicación de la ley y así reformular esos conocimientos adquiridos para tener siempre presente que la labor que desarrolla un funcionario o servidor público, es eminentemente la profesionalización de su actividad matizada de finalismo ético y moral, hasta adoptarlos como instrumentos idóneos e indiscutibles, y así alcanzar el máximo nivel deontológico que en materia de justicia, representan los fines teleológicos del Derecho, tales como, bien común, seguridad pública, justicia y legalidad, para así recalcar la gran definición de Justiniano: “El dar a cada quien lo suyo, y lo que le corresponde”.

Por último, deseo enmarcar los planteamientos ya vertidos como una serie de catálogo fundamental, dejando a un lado todo tipo de falsedad o de prejuicios, y así intentar describir que estos valores sean más comprensibles, claros y sencillos en todo tipo de problema al que se enfrenta y que le servirán o le serán de utilidad en toda su vida social.

En este orden, el ejercicio de cualquier actividad humana, pero sobre todo en la práctica profesional, encontramos la indispensable e inquebrantable formación de un criterio ético y moral, previo a todo conocimiento técnico.

Por ello, no puede concebirse la perfección práctica en una carrera o profesión si en el ejercicio de la misma no se actúa dentro del postulado de índole moral, consecuentemente, a medida que el hombre ocupa una posición de mayor relevancia cultural o de responsabilidades, el mundo de sus deberes se multiplica y, en consecuencia, su actuar debe fijarse precisamente en estos principios, claro está, sin olvidar que todo ejercicio profesional representa un modus vivendi, pero también, se remarca, estará siempre sujeto y supeditado al interés social y nunca al de un particular en concreto. De ahí la importancia que representa el escueto examen del tema en comento, mismo que se sujeta o se enlaza entre los problemas sociales relativos y a lo que científica y deontológicamente se le ha de nominado como “Ética Profesional”.

Así pues y en este orden de ideas, no se necesita un estudio profundo para describir que los actos humanos se realizan en esferas diferentes, ya bien el hombre que pinta un cuadro, como el que firma un contrato, el que aplica la ley, el que socorre a un pobre, etcétera, todos esos son actos humanos que tienen una valoración específica en su desarrollo, cuyo postulado y finalidad es el bien común.

Entonces, pues, el que actúa con ética profesional, jamás inclinara la balanza a favor de alguien, desorientándolo, mal informándolo o asesorándolo negativamente, a sabiendas de que su actuar jamás tendrá en su caso corromper la valoración de estos principios cuando induce e incita a otro a provocar toda serie de reacciones que, lejos de beneficiarlo, lo desvaloran e incluso lo separan de la sociedad, porque jamás o ya nunca le tendrán confianza y seguridad. Ante y por ello, rectitud, honorabilidad, eficacia, legalidad, humanismo, certeza, amor y transparencia en sus actos; verdad en todo y por todo, y, por qué no, bondad, humanismo y sensibilidad, entendidas éstas como acciones útiles y de práctica, en la cultura, pero de altísima profesionalización y de amor al prójimo y a sí mismo.

No hay duda, nuestra propia conciencia nos marca el cumplimiento del deber, es decir, nos delinea normas conductuales, las que nos determinan la obligación que tenemos de acatar y obedecer toda norma moral y ética; en otras palabras, la obligatoriedad moral dentro del contexto de estas normas son las que nos obligan a actuar en un sentido determinado pero que, ante normas legales, imperará su interpretación y aplicación como una acción de obligatoriedad determinada en su cumplimiento y ejecución; esto es, un actuar con ética profesional legalizada.

Por ello, cada día me convenzo más de que entre la ética y la moral hay un bellísimo y único vínculo…“amor al servicio profesional”, que representa un rito, cuyo parentesco histórico es mucho más estrecho de lo que puede indicar la identidad de mis palabras; por el contrario, las ideas se plasman, los ideales se esparcen, los principios éticos y morales cohabitan, y se desarrollan en el ser, y se aplican en toda la vida, entre un contexto de experiencias del mundo y de la cultura, que le permite comprender los fermentos sociales que se agitan bajo las leyes, la literatura y las artes, pero que, de una u otra forma, lo orientan para penetrar en los más profundos misterios del espíritu humano, sin, por supuesto el dejar pasar, por el puente de la justicia, todos esos sinsabores, injurias y difamaciones, dolores, miserias, aberraciones, intereses sociales u opiniones particulares mezquinas llenas de dolosidad, que destruyen su ser en su integridad más íntima, es decir, en su más profunda sensibilidad.

El servidor público, es un blanco fácil en materia de justicia de estos aspectos, sin embargo, cuando se comenta de la ciencia del Derecho, la justicia, la ley, bien común o la seguridad pública, siempre, por siempre, debemos estar atentos al elemento consciente de la comprensión, es decir, tal y como lo dijo el Príncipe del Derecho, Piero Calamandrei: “considerar los valores y la justicia a la vez, y armonizarlos, independientemente de los intereses opuestos”.

La sociedad de hoy es la esperanza del mañana, y las razones de quienes la defienden y las de quienes la acusan, son niveles que se forjan individualmente, hasta llegar a objetivizar ese horizonte amplio, en donde se encuentra el “amor al servicio”, el respeto a la ley y a sus semejantes, lo que va más allá de interpretaciones absurdas, las que nunca pueden tomarse en consideración o aplicarse, para sí y sólo de esa forma lograr la tranquilidad de conciencias ajenas y conflictivas.

Finalmente, considero que los problemas de valoración ética y moral no son incomprensibles, sino, más bien, requieren de un estudio con praxis y utilidad social, máxime cuando se indica, como lo he hecho, de un verdadero “amor al servicio profesional”, ello como bagaje histórico, si se quiere universal, y, por qué no, filosófico, que nunca serán caminos contrapuestos sino paralelos; consecuentemente, esa mutación en el individuo se traduce en cambio de revaloración en su vida cotidiana, motivos y razones por las cuales, cuando un hombre actúa con ética y moralidad, se ajusta a una mutación de pensamientos filosóficos, éticos, morales, deontológicos, que lo yerguen y le originan diáfanamente cambios profundos para su propia vida y para la propia historia universal, en donde apenas empieza a escribir sus primeros éxitos y, a la vez, aprender a desterrar sus odios, temores, angustias y fracasos, dado que el hombre es un forjador por excelencia y consecuencia de su propio destino, tal y como lo indicara José Ingenieros en su obra: “El Hombre Mediocre”.

Para comprender esa relación del individuo entre la ética, la moral y el amor al servicio profesional, se necesitan fundamentos racionales, incluso de la metafísica cuántica, “valorada ésta, como la ciencia que tiene por objeto elaborar una teoría del ser (de la esencia y existencia del hombre)” para poder basarse en algo más estimable que los instintos y las inclinaciones espirituales personalísimas como lo indicara Hartmann; en donde su existencia, como valor, de donde brota la ética y encuentra sus principios indubitables, y reencuentra también el don de servir, de ayudar y prestar un servicio, incluso como una acción de bondad hacia sus semejantes, pues es así precisamente cuando el individuo ha logrado su gran éxito… el actuar por voluntad, individualidad, pero actuando verdaderamente libre con humildad y con sencillez para hacerlo diferente a los demás.”

Dentro de este contexto de ideas y pensamientos, concluyo con el pensamiento del maestro Antonio Caso, sustraído de su obra: La respuesta moral, fundamentos de la enseñanza moral:

“Cuando el hombre considera que el mundo es como un don; y se pone a tono con el infinito, y en el fondo de su conciencia se da cuenta, la vida que transcurre en ese instante es un obsequio que él ha recibido, de no sé qué emane; cuando no nos creamos dueños de nuestra propia actividad, sino cuando nos consideramos capaces de recibir este bien, esta merced de ser, porque en el fondo ninguna razón necesaria hay para que cada uno de nosotros exista; cuando vemos que la vida misma que gastamos y llevamos, más o menos penosamente sobre el mundo, pueda considerarse como una dádiva, entonces podemos también imaginar que somos los dadivosos constantes para los que nos rodean.”[1]


[1]  Martínez Garnelo, Jesús; Antología de las Responsabilidades del Servidor Público en México; Tomo I; Capítulo V “Estudio y Análisis del Juicio Político”; Editorial Flores; pág. 408-414.

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