Juzgar hoy: memoria del pasado, responsabilidad del presente y deber hacia el futuro

Mgdo. Fernando Córdova del Valle

Miembro del Colegio Nacional de Abogados Penalistas A.C.

Cuando comencé hace 30 años en la Judicatura, un primero de enero de 1996, todo era distinto, el País lo era. La convicción de que el estudio, la disciplina y la carrera judicial marcaban un camino exigente, pero previsible. El cambio formaba parte del sistema, pero no con la intensidad ni con la velocidad que hoy vivimos.

Treinta años después, este inicio de año se da en un contexto profundamente distinto. La reforma dejó de ser una hipótesis o una discusión teórica: es una realidad que atraviesa la función jurisdiccional, el ejercicio de la abogacía y la percepción social de la justicia.


Frente a ello, resulta comprensible la inquietud, pero ya no es tiempo de quedarse anclados en lo que pudo haber sido si el cambio no hubiera ocurrido.


Mirar constantemente al pasado, preguntándonos cómo estaríamos sin la reforma, no construye futuro. La realidad es la que es, y la responsabilidad institucional exige asumirla con madurez. Hoy el reto no es nada más resistir añorando escenarios que ya no existen, sino participar activamente en la construcción de lo que sigue.

La Judicatura enfrenta el desafío de evolucionar sin perder su esencia. Cambiar sin renunciar a la independencia, a la técnica y a la ética que dan sentido a la función jurisdiccional. La crítica sigue siendo necesaria, pero debe ser una crítica que aporte, que proponga y que ayude a corregir, no una que paralice o desgaste.

En este proceso, los abogados no son ajenos ni espectadores. Son parte esencial del sistema de justicia. La reforma también los convoca. Cada argumento, cada escrito y cada actuación profesional inciden directamente en la calidad del servicio público. Mantenerse distantes debilita; involucrarse fortalece.


Hoy más que nunca, la abogacía está llamada a dejar atrás la postura de observador crítico y asumir un papel constructivo: estudiar el nuevo marco, adaptarse, elevar el nivel técnico y actuar con ética. La justicia no se reconstruye solo desde los tribunales, sino desde todas las instituciones creadas para sostenerla y fortalecerla.
Treinta años de servicio enseñan que las instituciones no se sostienen por nostalgia ni por resistencia al cambio, sino por la capacidad de quienes las integran para adaptarse sin perder principios. La experiencia no se opone al futuro: lo orienta.


Los años de servicio no los vivo con nostalgia, sino con conciencia histórica. No con temor, sino con responsabilidad y esperanza. El pasado ya cumplió su función y ahora toca construir el futuro, de la mano de las instituciones y de todos quienes creemos, todavía, en la justicia.

La pregunta entonces no admite evasivas: ¿estamos listos para asumir este momento y construir el futuro que exige la justicia, o preferimos por nuestras convicciones salirnos?


No es una pregunta cómoda, pero sí necesaria. Permanecer implica compromiso, estudio, adaptación y carácter. Implica trabajar dentro de las instituciones creadas para conducir el cambio, aun cuando no todo sea ideal ni sencillo. Salirse también es una decisión legítima, pero debe asumirse con honestidad, sin descalificar a quienes eligen quedarse y sin debilitar a la institución que los formó desde la distancia.


Lo que ya no es viable es permanecer a medias: ni dentro con nostalgia permanente, ni fuera con crítica fácil.


El tiempo de las dudas eternas terminó.


Hoy toca decidir, con responsabilidad y convicción, desde dónde y cómo servir siempre de la mejor manera a la justicia

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