
Exrector de la UNAM. @JoseNarroR
Estado de Derecho y corrupción I
En México, durante los últimos años, hemos sido testigos del grado que tenemos de desapego al Estado de Derecho y la tolerancia a la corrupción y la impunidad. Hemos visto el persistente deterioro del régimen republicano, incluida la anulación de la separación de Poderes y la desaparición de instituciones; la degradación del Poder Judicial con acordeones, vestimenta inapropiada, bastones de mando e invocaciones a los dioses de nuestros pueblos originarios, y, por supuesto, numerosos casos de corrupción e impunidad.
Alguien podrá decir que los dos últimos asuntos no son una novedad y se tendría que aceptar. Se trata, por desgracia, de conductas humanas muy arraigadas en México y otros países. Sin embargo, también se debe aceptar que lo que hemos escuchado y visto es superior en desvergüenza y cinismo a lo antes observado. El asunto no termina con el bochorno, pues daña profundamente a México y su sociedad.
Pero el caso es que todavía podemos empeorar si no hacemos algo de fondo y pronto. Poco menos de un año atrás se presentaron los resultados del Índice Global de Estado de Derecho 2024 (WJP). A México no le fue bien en las mediciones, tal como sucede en otros índices: el de Desarrollo Humano, el de Gini o los Globales de Competitividad o Innovación, por mencionar algunos.
El WJP se construye a partir de 44 indicadores que evalúan ocho campos: los límites al poder gubernamental; la ausencia de corrupción; el nivel de gobierno abierto; el respeto a los derechos fundamentales; las condiciones de orden y seguridad; el cumplimiento regulatorio, y las condiciones de la justicia civil y la penal.
El resultado mostrado por WJP nos ubica en el sitio 118 de 142 países. Esto equivale a obtener 1.7 puntos en una escala de cero a diez. Solo 24 naciones tuvieron un peor resultado. Todavía más lamentable es que en nuestra región, América Latina y el Caribe, entre 32 países ocupamos el sitio 28, solo un poco mejor, no mucho, respecto de Bolivia, Nicaragua, Haití y Venezuela, que se ubicó en el último sitio.
Otro problema es que vamos de mal en peor. En 2015, entre 102 países teníamos el sitio 69 y nuestra posición equivalía a una calificación del doble de la de 2024. Estábamos adelante de 33 países y superábamos a Ecuador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Bolivia y Venezuela. Como en muchas áreas, estábamos mal, pero ahora estamos peor. De los 44 indicadores, únicamente en dos tuvimos una calificación superior a seis.
Solo en el campo de gobierno abierto México obtuvo un buen resultado que lo ubicó en el sitio 47 de 142. Al convertir esta nota en calificación equivale a 6.7. Por desgracia, la lucha “exitosa” de López Obrador por acabar con la transparencia y la rendición de cuentas, tendrá un impacto negativo en un espacio en el que habíamos avanzado. Las calificaciones de los ocho campos, en el orden en el que se mencionaron antes son: 2.6, 0.5, 6.7, 3.3, 0.6, 2.5, 0.8 y 0.6.
La peor puntuación se registró en el campo de ausencia de corrupción donde ocupamos el sitio 135 entre 142 países. De los ocho con peor puntaje, México, Bolivia, Haití y Venezuela pertenecemos a la región. Por incómodo que resulte debemos reconocer que hay 28 países de América Latina y el Caribe que nos superan. Por supuesto, ¡qué bueno por ellos! Por desgracia, ¡qué mal por nosotros! Cómo olvidar que López Obrador decretó el fin de la corrupción y levantó “pañuelito blanco”. Pensó que sus mentiras durarían para siempre. ¡Qué torpeza, qué desfachatez! Terminaré dentro de dos semanas.
Estado de Derecho y corrupción II
Imposible aceptar lo que nos pasa. Que un país con la historia del nuestro, con la cultura que le caracteriza, con una de las economías principales, con el potencial que tiene y el papel que internacionalmente se le reconoce, esté tan mal calificado y retroceda cada vez, es inadmisible. Se requiere hacer un alto en el camino, definir el rumbo y tomar la decisión de cambiar en serio. Necesitamos políticos y líderes diferentes y también ciudadanos más comprometidos.
Cuando hemos visto a dirigentes relevantes de Morena y la cuarta transformación, al igual que a familiares y amigos cercanos, abusar sin pudor alguno y exhibir un grado máximo de codicia, soberbia y autoritarismo, muchos preguntamos qué fue lo que pasó, cuándo, cómo y por qué sucedió. No han sido uno ni muchos una vez. Han sido muchos y todo el tiempo.
Pasamos rápido de la “honestidad valiente” a la corrupción cobarde. Los excesos, que los vimos –porque los implicados son, además de corruptos, descuidados y exhibicionistas– se reflejaron en ropa, autos, relojes, fiestas, mansiones, hoteles, viajes, actos de ostentación, despilfarros, contratos, “contribuciones a la causa y al partido”, sobres amarillos y, por supuesto, nuevas e inmensas fortunas.
Los actos fueron grabados en audios y videos, aparecieron en fotos y crónicas. Fueron cometidos lo mismo por funcionarios, que por dirigentes partidistas, gobernadores, senadores, diputados, dirigentes sindicales o presidentes municipales. Lo peor es lo que López Obrador hizo con las fuerzas armadas: las expuso y muchos se corrompieron. No supieron resistir ni recordar la frase de un alto mando pronunciada frente al presidente del momento: “La lealtad es con honor, porque sin ella es complicidad”.
Otra arista ha sido la mezcla de corrupción, política y crimen organizado. El drama del huachicol, todavía inconcluso, ha causado muertes y desapariciones. No podrán argumentar que no sabían, que no pensaron, que no creyeron, que no es cierto, que ellos no son iguales, que son los neoliberales. Todos los hemos visto y a todos nos han ofendido. El mundo se dio cuenta del naufragio del barco de la 4T en las aguas negras.
Asombran los niveles y extensión de pudrición a los que se ha llegado y el nivel jerárquico que alcanzó. El cinismo para explicarlo y justificarlo es inusitado. También el grado de impunidad y desvergüenza. Se cometen actos reprobables y no pasa nada. Antes había consecuencias inmediatas; ahora tenemos que esperar a que los corruptos sean señalados y castigados desde el extranjero o a que las consecuencias de la inacción sean de tal tamaño que se tenga que actuar.
El problema no es ideológico ni político, es ético, moral y de pudor. El tema no es nuevo, pero no recuerdo otro momento en el que estuviéramos así. El dilema no es de unos cuantos, es del país entero. El caso es local, pero la exhibición internacional. El mal no se exorciza, se extirpa y la solución no reside en dejar pasar, requiere de la decidida intervención de la presidenta de México, acompañada por personajes con autoridad moral y del pronunciamiento de los mejores sectores de la sociedad.
Del expresidente López Obrador hacia abajo y a los lados, hay responsables que deben dar cuenta de lo que hicieron y dejaron de hacer. Urge intervenir en serio, resolver y asegurarnos que nunca más tendremos otro episodio tan vergonzante como el que vivimos. A grandes males, grandes remedios. Las crisis son oportunidades para hacer lo que en condiciones nor males no se puede o cuesta mucho más. Estamos en uno de esos momentos, aprovechemos la oportunidad.


