¿Y si Don Quijote no era el héroe que creíamos?

Fernando Córdova del Valle

Don Quijote encontró a un muchacho atado a un árbol mientras su amo lo azotaba. Indignado por aquella injusticia, intervino de inmediato, exigió que terminaran los golpes y consiguió la promesa de que el joven recibiría lo que se le debía. Después continuó su camino satisfecho, convencido de haber realizado una buena obra. Lo que no imaginaba era que, apenas se alejara, aquel muchacho recibiría un castigo todavía peor. Tiempo después, cuando volvieron a encontrarse, Andrés, que así se llamaba el joven, le pidió que nunca más acudiera en su auxilio.

He regresado muchas veces a este episodio de Don Quijote de la Mancha y confieso que cada lectura me provoca una inquietud mayor: ¿puede alguien estar convencido de hacer el bien y terminar perjudicando precisamente a quien pretendía proteger?

La pregunta resulta incómoda, especialmente cuando se refiere a uno de los personajes más admirados de la literatura universal, pero creo que ahí comienza una reflexión que vale la pena compartir. Hay libros que se leen una vez y se olvidan, mientras otros nos acompañan durante toda la vida y cada vez que regresamos a sus páginas descubrimos algo que antes había pasado inadvertido. Para mí, la obra de Miguel de Cervantes pertenece a estos últimos, toda vez que la he leído, releído y he escrito sobre ella en más de una ocasión, y cada encuentro me confirma que estamos frente a una creación extraordinaria que, después de más de cuatro siglos, continúa provocando preguntas, y es por eso que me atrevo, una vez más, a cuestionar a don Quijote, aunque antes debo reconocer que me asalta una inquietud: ¿quién soy yo para someter a una mirada crítica una de las obras más grandes de la literatura universal?.

La respuesta no tiene demasiada complicación, partiendo de la base que soy simplemente un lector que admira profundamente a Cervantes, disfruta su talento y considera que las grandes obras merecen algo más que elogios repetidos. Así que, no pretendo corregir al maestro, ¡faltaba más!, pero tampoco creo que admirar una obra signifique renunciar a examinarla críticamente. Cuestionar no significa descalificar, sino ejercer la libertad de pensar y encontrar nuevas interpretaciones. Una obra verdaderamente grande no pierde valor cuando alguien la cuestiona; por el contrario, confirma su grandeza cuando continúa generando conversaciones muchos años después de haber sido escrita.

Así, comienzo entonces con una inquietud que ha acompañado mis últimas lecturas: ¿era don Quijote realmente el héroe que hemos aprendido a admirar o también fue un hombre que, persiguiendo sus ideales, terminó perjudicando a quienes lo rodeaban? No desconozco su nobleza, valentía ni su deseo de combatir las injusticias, sino que precisamente porque reconozco esas virtudes me interesa examinar sus contradicciones.

Cervantes nos presenta a Alonso Quijano, un hombre que pierde el juicio después de entregarse obsesivamente a los libros de caballerías, hasta confundir sus fantasías con la realidad. Aquella circunstancia, utilizada magistralmente por el autor para satirizar un género literario, hoy me conduce a una reflexión diferente, si  el problema para él  era leer demasiado o perder la capacidad de distinguir entre lo imaginario y lo verdadero.

Desde luego, la lectura no constituye una amenaza para la razón, por el contrario, nos permite conocer otras formas de pensar, comprender el mundo y reconocer que nuestras convicciones no son necesariamente verdades absolutas. El riesgo aparece cuando dejamos de cuestionarnos y pretendemos que los demás acepten nuestra particular manera de interpretar la realidad.

Don Quijote no solamente veía gigantes donde había molinos de viento; en ocasiones actuaba como si el mundo entero tuviera la obligación de ajustarse a sus fantasías. Y es precisamente ahí donde sus buenas intenciones comenzaban a tener consecuencias para otras personas.

Pero, ustedes disculpen me perdí un poco y regreso al episodio de Andrés, porque considero que encierra una de las enseñanzas más importantes de la novela. Don Quijote había presenciado una injusticia verdadera, no imaginó los golpes ni inventó el sufrimiento del muchacho, por tanto su indignación estaba plenamente justificada.

El problema fue creer que bastaba una amenaza y una promesa para resolver aquella situación. El responsable directo de la violencia era Juan Haldudo, el amo del joven, y sería incorrecto atribuir jurídicamente a don Quijote los actos cometidos por otra persona. Sin embargo, tampoco podemos ignorar que su intervención, carente de las precauciones necesarias, dejó al muchacho expuesto a nuevas represalias.

Desde mi formación jurisdiccional, esta escena me provoca una reflexión que considero especialmente importante: las buenas intenciones no garantizan buenas decisiones. Podemos tener una causa justa, actuar convencidos de nuestra rectitud y, aun así, equivocarnos al elegir los medios para alcanzarla.

En la vida común y corriente, por experiencia nos encontramos numerosos ejemplos: autoridades que toman determinaciones sin valorar suficientemente sus efectos, padres que pretenden decidir el futuro de sus hijos, personas que ofrecen ayuda sin comprender las necesidades de quien la recibe o amigos que imponen sus consejos convencidos de tener siempre la razón.

La intención puede ser admirable, pero eso no significa que el resultado también lo sea. La justicia, como la vida misma, exige algo más que buenos propósitos, requiere prudencia, conocimiento, responsabilidad y sensibilidad frente a las consecuencias de nuestros actos. Una decisión que pretende reparar un daño, pero termina agravándolo, debería obligarnos a revisar no solamente sus fundamentos, sino también sus efectos.

Esto no significa que toda determinación deba garantizar resultados perfectos, algo que sería imposible, sino que quienes tenemos la responsabilidad de decidir debemos considerar seriamente cómo nuestras resoluciones pueden afectar a las personas. Es cierto, Don Quijote quería reparar una injusticia, pero también  lo es que Andrés necesitaba algo más que una demostración de valentía: necesitaba protección efectiva, y es aquí donde aparece una diferencia que no deberíamos olvidar: no es lo mismo sentirse satisfecho por haber intervenido que tener la certeza de haber solucionado un problema. Quizá por eso me resulta tan interesante preguntarme si una persona puede sentirse héroe de su propia historia y, sin proponérselo, contribuir al sufrimiento ajeno.

La pregunta pretende recordarnos que nuestras convicciones, por nobles que sean, no nos eximen de examinar las consecuencias de nuestras decisiones.

Otro personaje que merece una mirada distinta es Sancho Panza. Durante generaciones lo hemos considerado ejemplo de fidelidad, amistad y lealtad, y ciertamente existen razones para ello. Sin embargo, siempre me ha llamado la atención la desigualdad de su relación con don Quijote. Mientras el caballero persigue la gloria y sueña con grandes hazañas, Sancho se preocupa por comer, sobrevivir y mejorar sus condiciones de vida. Uno busca aventuras extraordinarias y el otro lo acompaña por caminos difíciles, soporta privaciones, recibe golpes y, en ocasiones, termina pagando las consecuencias de decisiones que ni siquiera comparte.

En este punto me detengo para preguntarme si don Quijote lo consideraba verdaderamente su amigo o si muchas veces lo trataba como un sirviente obligado a sostener sus fantasías. Reconozco que Sancho decidió acompañarlo, que tenía sus propias ambiciones y que entre ambos se desarrolló un afecto sincero, así que sería injusto reducirlo a una víctima sin voluntad o desconocer la profundidad de aquella amistad. Pero tampoco podemos idealizar su relación hasta olvidar los desequilibrios que existían entre ellos. ¿Cuántas veces confundimos la lealtad con la obediencia?

¿Cuántas personas permanecen a nuestro lado por cariño mientras nosotros interpretamos ese afecto como una obligación de soportarlo todo?

En las familias, entre amigos y en el propio trabajo encontramos personas que entregan tiempo, esfuerzo y afecto para sostener los sueños de otros, mientras los propios quedan relegados. Sancho me hace recordar que acompañar a alguien no significa renunciar a nuestra dignidad ni aceptar que sus aspiraciones sean siempre más importantes que las nuestras.

Don Quijote, que tantas veces parece incapaz de comprender la realidad, ofrece a Sancho consejos extraordinariamente sensatos cuando éste se dispone a gobernar la ínsula Barataria. Le habla de justicia, prudencia, humildad y de la importancia de tratar con dignidad a las personas. Resulta fascinante escuchar semejantes recomendaciones de quien poco antes confundía molinos con gigantes; y Sancho, aparentemente menos preparado que su señor, demuestra durante su gobierno una inteligencia práctica admirable, resuelve controversias, descubre engaños y exhibe un sentido común que sorprende incluso a quienes pretendían burlarse de él.

El autor, Cervantes, consigue así una de las ironías más hermosas de su obra: mientras el caballero presume de conocimientos y grandes ideales, el hombre sencillo suele comprender mejor los problemas de la vida cotidiana. No es poca enseñanza para una sociedad que algunas veces concede mayor importancia a las apariencias, los títulos y los reconocimientos que al buen juicio. Sí, los estudios son importantes, desde luego, pero no sustituyen la prudencia, la sensibilidad ni la capacidad de comprender las necesidades de los demás; y curiosamente, ambos personajes terminan enseñándose cosas que ninguno habría podido aprender por separado.

Pero la reflexión sobre las relaciones humanas no termina con Sancho, sería quedarse corto y por ello debemos observar a quienes rodearon a don Quijote y que suelen aparecer en nuestra memoria como sus amigos: el cura, el barbero y Sansón Carrasco recurren a distintos engaños para intentar devolverlo a la cordura.

Podemos discutir sus métodos e incluso cuestionar si algunas de sus intervenciones fueron convenientes, pero sería injusto desconocer su preocupación por él. Muy diferente en contraposición es la conducta de los duques, quienes aprovechan la vulnerabilidad del caballero y de su escudero para convertirlos en objeto de diversión; así unos creen ayudarlo; otros disfrutan sus desgracias.

Esta diferencia me parece fundamental porque no todo el que nos acompaña es nuestro amigo, ni todo el que nos contradice pretende perjudicarnos. La amistad verdadera no consiste en celebrar todas nuestras ocurrencias ni en compartir incondicionalmente nuestras decisiones,  exige a veces la valentía de advertirnos que estamos equivocados;  sin embargo, una cosa es corregir por afecto y otra muy distinta aprovechar las debilidades ajenas para provocar burlas. Cuatro siglos después, los duques siguen existiendo, aunque ya no necesitan grandes palacios ni banquetes para divertirse a costa de los demás.

Hoy basta un teléfono y una red social para convertir la fragilidad de una persona en espectáculo; por eso conviene aprender a distinguir entre quienes ríen con nosotros y quienes disfrutan riéndose de nosotros. La diferencia parece pequeña, pero puede revelar mucho sobre la calidad de nuestras amistades.

Llegamos así a los famosos molinos de viento, probablemente la imagen más conocida de toda la novela. Durante siglos hemos admirado a aquel hombre que, armado de valentía y convencido de sus ideales, se lanza contra gigantes que solamente existen en su imaginación. Yo también admiro su determinación, pero con los años he comenzado a preguntarme si lo más importante de aquella escena es su valor o su incapacidad para reconocer que estaba equivocado. Sancho le advierte que no son gigantes, que aquello que tiene frente a sus ojos son molinos de viento, pero don Quijote no escucha. Está tan convencido de su propia interpretación que ninguna explicación parece suficiente para hacerlo cambiar de opinión.

¿Cuántas veces actuamos de manera semejante? Convertimos pequeños desacuerdos en grandes conflictos personales, defendemos nuestro orgullo como si fuera una causa extraordinaria o preferimos mantener una discusión interminable antes que reconocer un error. Basta que observemos algunas redes sociales para descubrir auténticas batallas contra molinos: personas que invierten horas insultándose, descalificándose y tratando de demostrar que poseen la verdad absoluta, mientras los problemas que realmente merecen atención permanecen intactos.

Tal vez una de las mayores contradicciones de nuestra época sea que disponemos de enormes posibilidades para informarnos, comunicarnos y aprender de los demás, pero seguimos demostrando una sorprendente resistencia a escuchar aquello que contradice nuestras convicciones.

Y aquí encuentro una diferencia importante entre el mundo de don Quijote y el nuestro. Él combatía gigantes imaginarios, mientras que nosotros enfrentamos gigantes reales como la corrupción, la violencia, la injusticia, la desigualdad, la enfermedad, el abandono y la indiferencia no necesitan de nuestra imaginación para existir.

Están presentes, afectan a nuestras familias y destruyen oportunidades todos los días. La experiencia me ha enseñado que no todo combate merece librarse y que abandonar una discusión no siempre significa perderla. A veces implica reconocer que nuestro tiempo, nuestra tranquilidad y nuestras relaciones valen más que el deseo de imponer una opinión, así que no se trata de renunciar a nuestros principios ni de convertirnos en espectadores indiferentes ante las injusticias, sino de aprender a distinguir entre defender una causa verdaderamente importante y empeñarnos en demostrar que siempre tenemos razón.

La valentía sin prudencia puede convertirse en terquedad, así como la firmeza sin autocrítica puede terminar alejándonos de aquello que originalmente pretendíamos defender.

Después de expresar estas opiniones, alguien podría pensar que he dejado de admirar a don Quijote, pero no, nada más alejado de la realidad. Lo admiro precisamente porque reúne virtudes extraordinarias y defectos profundamente humanos, y es capaz de defender la justicia y equivocarse al intentar realizarla; de proclamar la libertad mientras desconoce algunas necesidades de quienes lo acompañan, y de luchar por los débiles sin advertir que sus decisiones pueden perjudicarlos.

En esas contradicciones encuentro buena parte de la grandeza literaria del personaje. No olvidemos que al final de la novela Alonso Quijano recupera la cordura y reniega de aquellos libros de caballerías que alimentaron sus fantasías, por ello y por eso no deseo presentar a don Quijote como un falso héroe ni mucho menos despojarlo de su nobleza, sino mirarlo desde otra perspectiva, reconocer sus luces sin ignorar sus sombras y aprovechar sus aventuras para examinar nuestras propias conductas.

No quiero vivir sin ideales ni perder la capacidad de soñar, pero me parece indispensable conservar la imaginación, el entusiasmo y la voluntad de luchar por lo que consideramos justo, y claro está,  también  mantener la sensatez de Sancho, aprender de los errores y recordar que nuestras convicciones, por firmes que sean, no nos conceden el derecho de imponerlas a los demás.

Existe, además, otra razón que me anima a escribir estas líneas: despertar la curiosidad de quienes todavía no han leído esta maravillosa novela, especialmente los jóvenes. Vivimos en una época en la que las pantallas nos ofrecen historias interminables, imágenes que desaparecen en segundos y opiniones que muchas veces aceptamos sin detenernos a reflexionar. Muchos conocen a don Quijote, han escuchado hablar de sus molinos de viento e incluso utilizan su nombre para referirse a los soñadores, pero nunca han abierto el libro. A ellos quiero decirles que se atrevan a descubrirlo y que no permitan que su fama de obra monumental los intimide o que alguien les haga creer que se trata de una lectura reservada para especialistas.

En sus páginas encontrarán aventuras, humor, disparates, engaños, amores imposibles, personajes inolvidables y una amistad tan entrañable como contradictoria. Pueden leerlo poco a poco, disfrutar un capítulo, dejarlo descansar y regresar cuando tengan ganas. No necesitan comprender cada referencia histórica para pasar un buen momento. Lo importante es acercarse a Cervantes sin prejuicios y con la libertad de formarse su propia opinión. Me gustaría que esta reflexión fuera una invitación para hacerlo, aunque después de leerlo terminen pensando exactamente lo contrario de lo que aquí sostengo.

Aquí es donde mi querida Teoría Cordoviana® encuentra un punto de encuentro con la obra de Cervantes. Su filosofía, que he procurado llevar a distintos espacios de mi vida, se resume en una invitación sencilla: Diviértete y de paso aprende. Y eso es precisamente lo que podemos hacer con don Quijote, disfrutar sus aventuras, reír ante sus disparates, admirar sus ideales y aprender de sus equivocaciones. La literatura  está para disfrutarse, para despertar nuestra imaginación y, si tenemos suerte, para ayudarnos a comprender un poco mejor la vida.

La Teoría Cordoviana® no pretende competir con Cervantes. ¡Qué disparate sería ese!, simplemente me recuerda que la existencia también está llena de aventuras, personajes sorprendentes, sueños, equivocaciones y oportunidades para comenzar de nuevo.

No pretendí juzgar a Cervantes; solamente me atreví, una vez más, a conversar con don Quijote desde las experiencias y preocupaciones de nuestro tiempo. Si estas líneas consiguen que un solo joven se acerque a la novela, descubra sus aventuras y se atreva a pensar por sí mismo, consideraré cumplido mi propósito. Y si después de leerla llega a la conclusión de que estoy equivocado, mejor todavía.

Me quedo con una reflexión que quisiera compartir con quienes, como yo, seguimos aprendiendo de la literatura y de la vida: la verdadera locura no consiste en soñar con gigantes, sino en tener gigantes reales frente a nosotros y dedicar nuestra vida a combatir molinos imaginarios.

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