
La libertad de decidir cómo enfrentar nuestros conflictos
Diana Gabriela Campos Pizarro
Los conflictos nos acompañan a lo largo de nuestra vida. Aparecen en las familias, entre amistades, en las escuelas, las empresas y las comunidades. Forman parte de nuestra convivencia y, de alguna manera, también de nuestro desarrollo como personas. Sin embargo, hay algo que no deja de sorprenderme: dedicamos muchos años a prepararnos para distintas actividades de la vida, pero muy poco tiempo a aprender cómo enfrentar nuestros desacuerdos.
Aprendemos a leer, escribir, trabajar, competir y defender nuestras ideas. Pero ¿quién nos enseña a escuchar cuando estamos enojadas o enojados, a reconocer lo que verdaderamente necesitamos o a conversar con alguien que tiene una visión completamente distinta de la nuestra?
Quizá por eso algunos conflictos que pudieron atenderse mediante una conversación oportuna terminan acompañándonos durante meses, años y, en ocasiones, toda una vida.
En la formación de personas mediadoras aprendemos que los conflictos son dinámicos. No permanecen iguales: cambian, evolucionan y se transforman junto con las personas que los experimentan.
Louis R. Pondy, al estudiar los conflictos en las organizaciones, distinguió distintas etapas que nos ayudan a comprenderlos. Algunos permanecen latentes, otros comienzan a percibirse, después se sienten emocionalmente y, finalmente, pueden manifestarse mediante conductas que afectan nuestras relaciones. Incluso después de un enfrentamiento quedan consecuencias que pueden facilitar una nueva convivencia o alimentar futuros desacuerdos.
Me parece especialmente importante comprender esto porque, con frecuencia, esperamos a que el conflicto estalle para reconocer su existencia.
También sabemos que sus causas pueden ser muy diversas. Christopher W. Moore nos ayuda a identificar conflictos relacionados con la información, las relaciones, los intereses, los valores y las condiciones estructurales.
Pensemos en una familia que discute por una herencia. Aparentemente, el desacuerdo tiene que ver con bienes o dinero, pero detrás pueden existir años de resentimientos, sentimientos de exclusión o necesidades de reconocimiento. Algo semejante ocurre en las empresas, donde una diferencia sobre responsabilidades o decisiones puede terminar deteriorando relaciones construidas durante mucho tiempo.
Y mientras el conflicto crece, también cambia nuestra manera de vivirlo. Aparecen el enojo, la desconfianza, el temor y el desgaste emocional. En determinadas circunstancias, el estrés prolongado puede afectar incluso nuestro bienestar físico.
Lo preocupante es que algunas personas terminan acostumbrándose tanto a vivir en conflicto que dejan de imaginar una forma distinta de relacionarse.
Al reflexionar sobre estas situaciones, he vuelto a un libro que seguramente muchas de nosotras y muchos de nosotros hemos leído en distintos momentos de nuestra vida: Ética para Amador (1991), de Fernando Savater.
Me gusta particularmente que Savater haya escrito esta obra como una conversación con su hijo. No pretende ofrecerle un catálogo de respuestas para todos los problemas de la vida, sino invitarlo a pensar sobre la libertad, nuestras decisiones y la responsabilidad que tenemos frente a ellas.
En su primer capítulo, De qué va la ética, plantea una distinción que considero fundamental: no siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero tenemos posibilidades de decidir cómo responder a ello.
Esta reflexión me parece especialmente pertinente cuando hablamos de conflictos. No siempre elegimos que alguien incumpla una obligación, que surja una diferencia familiar o que una relación se deteriore. Tampoco podemos controlar las decisiones de otras personas.
Sin embargo, sí podemos reflexionar sobre nuestra manera de responder. Podemos alimentar el enfrentamiento, permanecer inmóviles, buscar asesoría, acudir a una autoridad o explorar la posibilidad de dialogar.
Desde luego, nuestra libertad tiene límites y no todas las opciones están disponibles en cualquier circunstancia. Pero reconocer que tenemos alternativas constituye un primer paso para dejar de sentirnos completamente atrapadas o atrapados por el conflicto.
Hay otra reflexión de Savater que me resulta todavía más provocadora. El filósofo observa que, en ocasiones, las personas parecemos encontrar cierto alivio al pensar que no somos libres, porque así podemos evitar sentirnos responsables de lo que hacemos.
¿No resulta interesante trasladar esta idea al terreno de los conflictos?
Me pregunto si una de las razones por las que nos cuesta incorporar la mediación a nuestra vida cotidiana tiene que ver precisamente con la responsabilidad que implica decidir.

Cuando una tercera persona resuelve una controversia, podemos aceptar o cuestionar su determinación. Si el resultado no nos satisface, quizá nos resulte más sencillo atribuirle la responsabilidad a quien decidió.
En cambio, cuando participamos en la construcción de un acuerdo, necesitamos reconocer nuestros intereses, escuchar los de la otra persona, valorar alternativas y asumir compromisos.
Y eso no siempre resulta cómodo.
En otro momento de Ética para Amador, particularmente en el capítulo Haz lo que quieras, Savater explica que ejercer la libertad exige algo más que seguir órdenes, repetir costumbres o actuar por impulso. Nos invita a detenernos y pensar en las razones de nuestras decisiones.
Encuentro aquí una relación muy interesante con la mediación: dialogar no significa simplemente decir lo que queremos, sino comprender por qué lo queremos, qué necesitamos y qué consecuencias pueden tener nuestras decisiones.
Tal vez hemos aprendido a exigir que otras personas resuelvan nuestros problemas, pero no siempre hemos desarrollado las habilidades necesarias para participar responsablemente en su solución.
No quiero decir con esto que acudir a los tribunales implique renunciar a nuestra libertad. La justicia tradicional de los tribunales es indispensable para garantizar derechos, proteger a las personas y resolver controversias que requieren una decisión de autoridad. Tampoco todas las personas se encuentran en condiciones de negociar libremente, particularmente cuando existen violencia, desigualdades importantes o derechos que no pueden ser objeto de disposición.
Lo que me interesa destacar es que, cuando las circunstancias jurídicas y personales lo permiten, la mediación ofrece una oportunidad distinta: participar en la construcción de la solución, en lugar de limitarse a esperar que alguien más la determine.
Quienes nos formamos como personas mediadoras desarrollamos habilidades para escuchar, formular preguntas, reconocer emociones, identificar intereses y facilitar la comunicación. Aprendemos también que nuestra función no consiste en decidir quién tiene la razón ni en imponer soluciones.
Nuestro trabajo busca generar condiciones para que las personas puedan escucharse, comprender sus diferencias y explorar acuerdos libres, informados y jurídicamente válidos.
Y quizá una de las aportaciones más valiosas de la mediación se encuentra precisamente en aquello que no siempre aparece escrito en un convenio: las capacidades que las personas pueden desarrollar para enfrentar sus próximos desacuerdos.
Por eso considero que la enseñanza de los mecanismos de solución de conflictos (MSC) no debería limitarse a la formación de profesionales del derecho. Aprender a escuchar, dialogar, negociar y reconocer nuestras responsabilidades también es una necesidad educativa y social.
No se trata de prometer que todos los conflictos tendrán soluciones rápidas. Algunos requieren tiempo, acompañamiento profesional y decisiones difíciles. Otros, sencillamente, no pueden resolverse mediante acuerdos.
Pero sí podemos evitar que muchos desacuerdos se prolonguen innecesariamente por falta de información, comunicación o herramientas para atenderlos.
Regreso entonces a Savater y a la pregunta que ha acompañado esta reflexión: si tenemos la posibilidad de participar en las decisiones que afectan nuestra vida, ¿por qué habríamos de renunciar a ella cuando enfrentamos un conflicto?
Me gustaría pensar que podemos aprender a ejercer esa libertad con mayor conciencia y responsabilidad, sin dejar de reconocer que necesitamos instituciones capaces de proteger nuestros derechos.
Tal vez la solución a muchos conflictos largos no sea encontrar a alguien que decida por nosotras y nosotros, sino aprender a dialogar para descubrir qué podemos decidir conjuntamente.
Porque los conflictos forman parte de la vida, pero aprender a resolverlos también debería formar parte de nuestra educación.


