¿Quién es el neofascista?

José Manuel de Alba de Alba

Magistrado en retiro forzado del Poder Judicial Federal

A ochenta años del veredicto de Núremberg, la historia nos ofrece una paradoja que merece ser examinada.

Los dirigentes del régimen nazi no fueron simplemente llevados al paredón después de la derrota de Alemania. Fueron acusados ante un tribunal, conocieron los cargos, tuvieron abogados, ofrecieron argumentos y pruebas y recibieron una sentencia.

Tres fueron absueltos.

Otros fueron condenados a prisión.

Otros recibieron cadena perpetua.

Y algunos fueron condenados a muerte.

Hasta frente a los acusados de algunos de los crímenes más atroces que había conocido la humanidad, el mundo que pretendía reconstruirse sobre las ruinas de la guerra quiso establecer una diferencia fundamental entre justicia y venganza:

primero el juicio; después, la sentencia.

Esa es una de las grandes enseñanzas civilizatorias de Núremberg.

Por eso resulta inevitable la reflexión cuando, ochenta años después, desde México se acusa a periodistas, intelectuales, opositores y críticos de representar un supuesto “neofascismo”.

Porque antes de repartir semejante calificativo convendría mirar los métodos.

Durante años, desde el poder presidencial mexicano se construyó un discurso que dividió recurrentemente el espacio público entre el pueblo y sus adversarios; desde Palacio Nacional se creó incluso una sección oficial para señalar públicamente lo que el gobierno consideraba mentiras de los medios.

No hace falta llamar nazi a ese gobierno. Tampoco sería histórica ni jurídicamente serio equiparar el México contemporáneo con el Tercer Reich.

La comparación pertinente es otra: los métodos de ejercicio del poder deben poder examinarse sin importar quién los utilice.

Primero se desacredita.

Después se estigmatiza.

Luego se generaliza.

Y finalmente se presenta una transformación institucional como respuesta frente a aquello que previamente se ha desacreditado.

Eso es precisamente lo que quienes pertenecimos a la carrera judicial tenemos derecho a cuestionar.

Durante años escuchamos acusaciones generalizadas contra jueces, magistrados y ministros. Se habló de corrupción, privilegios y alejamiento del pueblo.

Pero a quienes habíamos dedicado décadas al Poder Judicial Federal no se nos abrió un procedimiento individual para demostrar esas acusaciones.

No hubo acusación personal.

No hubo pruebas individualizadas.

No hubo oportunidad de defensa frente a la imputación política generalizada.

No hubo una sentencia que determinara que cada uno de nosotros hubiera incumplido su función.

Hubo algo completamente diferente: una reforma constitucional que transformó el sistema judicial y determinó la terminación anticipada de cargos que habían sido conferidos conforme al orden constitucional entonces vigente.

Por eso utilizo la expresión en sentido estrictamente institucional:

fuimos condenados en el discurso antes de ser removidos por la Constitución reformada.

Y aquí aparece la extraordinaria paradoja de Núremberg.

Hace ochenta años, frente a los jerarcas de un régimen responsable de atrocidades inconmensurables, la comunidad internacional decidió que incluso ellos debían ser juzgados individualmente.

Ochenta años después debemos seguir defendiendo exactamente ese principio:

nadie debe ser condenado simplemente por pertenecer a un grupo.

Ni por ser periodista.

Ni por ser opositor.

Ni por ser juez.

Ni por ser magistrado.

Ni siquiera porque una mayoría política considere que la institución a la que pertenece debe desaparecer o transformarse.

El Estado constitucional comienza precisamente donde termina la descalificación colectiva y empieza la responsabilidad individual demostrada conforme al derecho.

Por eso, cuando alguien utiliza con ligereza la palabra “neofascista” para descalificar a sus adversarios, quizá la respuesta no deba ser devolverle el insulto.

La respuesta puede ser mucho más incómoda:

¿Quién está actuando conforme a los principios que Núremberg ayudó a reivindicar y quién está utilizando la descalificación colectiva como instrumento político?

Que cada quien responda.

La historia tiene una memoria mucho más larga que una conferencia de prensa.

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