El SAT, contra el huachicol fiscal

Políticas, traiciones y algo más

Marco González Kuri

Hay un huachicol que corre por ductos, pipas y carreteras. Y hay otro, menos espectacular pero indispensable para que el primero se vuelva negocio: el que termina convertido en factura, inventario y aparente legalidad. Llamado Huachicol Fiscal.

Al primero lo persiguen policías, militares y fiscales. Al segundo, el SAT. Y ahí comienza una historia bastante más interesante que las tradicionales conferencias de prensa.

El 9 de julio se publicó la Primera Resolución Miscelánea Fiscal para 2026. Entre decenas de cambios administrativos aparece uno particularmente revelador: la regla 2.7.1.48 obliga a quienes enajenen gasolinas y diésel a incorporar en el CFDI el “Complemento Concepto para la facturación de Hidrocarburos y Petrolíferos” que publique el SAT. Traducido al castellano de todos los días: ya no basta con tener una factura. La autoridad quiere saber qué combustible se vendió, cómo se documentó y si lo que aparece en el papel corresponde con una operación que pueda seguirse.

Para quienes ejercemos la materia fiscal, ahí está el punto verdaderamente importante. El huachicol moderno no termina cuando alguien perfora un ducto o introduce combustible irregular al país. Para que ese producto pueda circular dentro de la economía formal necesita una segunda operación: adquirir identidad fiscal y trazabilidad.

Necesita factura, proveedor, inventario, almacenes, personal, contabilidad. Necesita, en pocas palabras, no ser una simulación. Y el SAT está tratando de cerrar precisamente esa puerta.

La resolución también incorporó en diversas reglas una consecuencia severa para quienes actualicen determinados supuestos del artículo 17-H, fracciones XI, XII y XIII del Código Fiscal de la Federación: puede restringirse la emisión de CFDI, considerarse sin efectos el Certificado de Sello Digital e impedirse obtener uno nuevo mientras no se subsanen las irregularidades.

Para una empresa, quedarse sin sello digital no es una amonestación. Es prácticamente asfixiarla. Sin CFDI no hay operación ordinaria que aguante demasiado tiempo.

Pero el cerco va más allá de la factura. La propia Miscelánea exige, para ciertos beneficios relacionados con combustibles, pólizas, papeles de trabajo y reportes de controles volumétricos que reflejen inventarios y movimientos de las gasolinas suministradas a las estaciones de servicio. Esa es la verdadera palabra de esta historia: trazabilidad.

Que los litros que entran correspondan con los que salen. Que la factura coincida con el inventario. Que el proveedor exista. Que la operación tenga materialidad. Que el combustible no aparezca, por milagro contable, convertido en legal después de haber nacido clandestino.

Mientras la autoridad fiscal pretende reconstruir con precisión quirúrgica la vida de cada litro —quién lo vendió, quién lo compró, cuánto entró al tanque y cuánto salió—, reconstruir la cadena de responsabilidades cuando el negocio alcanza dimensiones políticas parece una empresa bastante más complicada.

Al contribuyente se le pide trazabilidad, materialidad, a la gasolinera, controles volumétricos, al contador, conciliación. Y cuando se pregunta quién permitió que determinadas redes crecieran, quién las protegió, quién volteó hacia otro lado o quién se benefició de ellas, reaparece una antiquísima institución mexicana: “que investiguen las autoridades”.

No cuestiono que el SAT apriete los controles. Al contrario. Si existe un mercado ilegal de combustibles, hay que impedir que encuentre refugio en la formalidad fiscal. Pero tampoco deberíamos cometer el error de creer que el problema termina cancelando sellos digitales. La factura falsa puede ser el último eslabón. Antes hubo combustible, dinero, transporte, almacenamiento, permisos, complicidades y silencios.

Por eso resulta paradójico que podamos seguir electrónicamente el recorrido de un litro con una precisión que todavía no conseguimos aplicar al recorrido de ciertas responsabilidades públicas. Está bien perseguir al huachicol hasta su CFDI.

Lo verdaderamente interesante comenzará el día en que podamos seguirlo también hasta el escritorio que lo protegió.

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