
José Ramón González Chávez
14 de diciembre de 2025
Ya hemos comentado en alguna columna anterior que en la actualidad se ha dado la moda de considerar la Inteligencia Artificial (IA) como la panacea que solucionará los problemas del mundo; pero también que la tecnología siempre será un medio, una herramienta, nunca un fin.
Acabo de leer con gran interés el libro de Erik J. Larson que lleva justo ese nombre: “Inteligencia Artificial y Derecho” (Shackleton Books, 2022) provocándome algunas reflexiones que quisiera compartir a continuación:
El mito de la IA es un enigma que consiste en afirmar que su llegada es inevitable y que indefectiblemente traerá un impacto positivo en el conocimiento y la cultura, lo que nos conducirá más temprano que tarde a la generación de una superinteligencia. Pero no es así, esas son solo especulaciones producto de la imaginación y del marketing más que de la ciencia; este carácter “inevitable” de la IA ha sido impulsado como postverdad con un enorme potencial económico por parte de grandes consorcios sobre todo de software y redes sociales y sus investigadores científicos aliados, del cual se han colgado no pocos negociantes que se raudos y veloces se han dado a lanzar cursos, diplomados, especialidades y hasta maestrías sobre el tema.
A pesar de que todos ellos realizan esfuerzos importantes para minimizar sus debilidades y exaltar sus supuestas virtudes, la IA tiene científica, técnica y humanamente alcances por demás limitados, que se muestran con toda claridad por ejemplo en una premisa básica: La aportación más grande de la IA es que ha puesto en la mesa el tema sobre el origen profundo de la inteligencia humana, mismo que hasta el momento nadie ha sido capaz de resolver. De aquí surgen no pocos dilemas y contradicciones de la IA, que se reflejan con dos simples ejemplos: 1. Si se supone que esta pretende emular y superar la inteligencia humana y el mismo origen de esta última aún se desconoce, entonces ¿hacia dónde pretende avanzar? y 2. Si la IA y la inteligencia humana son distintas y la primera pretende superar a la segunda, entonces, ¿cuál es su utilidad real para el género humano?
Uno de los aspectos vertebrales de la IA, aparte del cultural, es su carácter científico. En este caso se afirma que es cuestión de ir descubriendo los velos de la inteligencia humana para que la IA los pueda alcanzar y superar y que para ello hay que empezar con aplicaciones de juegos y generación de imágenes. Nada más falaz el pensar que el éxito relativo de las denominadas aplicaciones débiles nos va a llevar a conocer la inteligencia humana y que al lograrlo esta será superada por la IA. El desarrollo de sistemas y equipos para realizar tareas humanas complejas a la manera de los robots de las películas esta todavía muy lejos por la limitante referida al inicio: la ignorancia de la inteligencia humana.
En el caso del Derecho el asunto es muy claro: ¿qué inteligencia artificial se pretendería implantar en TODO el sistema jurídico en general y en su gran cantidad de subsistemas, cuando en la mayoría de los casos no hay ni siquiera uniformidad de datos, y el valor agregado requerido para generar información y conocimiento en cada una de las especialidades del Derecho que sirva para generar productos verdaderamente inteligentes?


