José Ramón González Chávez
Observatorio Constitucional
Hace ochenta años terminaba la segunda guerra mundial en Europa. Sin duda, el liberalismo iniciado operativamente a fines del siglo XVIII e inicios del XIX había traído grandes avances en el Derecho, la teoría del Estado y la política, pero también sentó las bases de algo que no pudo preverse entonces. La democracia representativa propia del “nuevo régimen” creo también monstruos: evolucionó de tal manera que propició el surgimiento de gobiernos populistas apoyados en ideas nacionalistas, llegando a los extremos que llegaron a causar 18 millones de muertos en la primera guerra mundial y más de sesenta en la segunda, sin contar los muchos millones que sufrieron lesiones físicas y traumas psicológicos irreparables; un verdadero holocausto, la afrenta más grande que ha visto y sufrido la humanidad en toda su historia.
Parece ser que la humanidad no aprende de sus errores: la primera guerra mundial de los excesos y arbitrariedades del absolutismo; la segunda guerra mundial de la exacerbación de los líderes autocráticos de corte cesarista, de los que Hitler y Musolini han sido ejemplos claros y tristes.
Después de 1945, en una primera instancia, el objetivo de la política internacional se centró en hacer una reflexión mundial sobre lo ocurrido e impedir que volvieran a darse ese tipo de calamidades propiciadas entre otras cosas por el sistema representativo sin cortapisas. Recordemos, por ejemplo que Hitler por la forma de Estado parlamentario Alemán que preveía la elección indirecta del ejecutivo, obtuvo el 90% de los votos de los diputados del Reichstag; su legitimidad y representatividad nunca estuvieron en duda pero el resultado de ese exceso quedó más que a la vista para todos y para siempre.
Para lograr ese objetivo, fue que se crearon instancias internacionales e instituciones como los medios de control y los tribunales o cortes constitucionales, bajo la antigua premisa de Montesquieu de que el poder es el que debe controlar el poder, para lo cual la división de poderes, junto con los derechos fundamentales resultaron ser la columna vertebral del Estado contemporáneo.
Pero la humanidad sigue sin aprender la lección: esta obstaculización de los elementos jurídico políticos del estado liberal que fueron llevados a la exageración brutal por los líderes populistas, fueron propiciando la generación de posturas liberales individualistas, a grado tal que Margaret Tatcher llegó a afirmar que “la sociedad no existe”.
Ahora vemos como el mundo se vuelve cada vez más duro, intolerante, radical, exaltado. El populismo autocrático neo cesarista brota como plaga en todo el mundo y sucesos que apenas unas décadas atrás hubiéramos pensado imposibles de darse, ahora parecen hasta normalizarse: 200 mil muertos y cien mil desaparecidos no importan; 800 mil muertes en la pandemia, 250 mil de las cuales pudieron haberse evitado, resultan como lo dijo otro nefasto López -Gatel- en 6 años son intrascendentes; el año pasado en Roma (de nuevo Italia) para sorpresa y estupor de los que si tenemos memoria, se dan nuevas manifestaciones masivas neo fascistas.
No aprendemos de la historia y en México seguimos sin ver ni entender que el populismo, el autoritarismo basado en una legitimidad electoral más que puesta en duda, la centralización del poder, la exclusión de quien no piensa como el ganador, no lleva a otro lado que al fracaso de su propio proyecto y al daño de sociedad e instituciones jurídicas y políticas. El próximo primero de junio se consumará uno de los episodios más tristes del regreso a un pasado que creíamos haber superado por intolerante y aplastante del otro. Ya veremos y sufriremos sus consecuencias a partir del día siguiente. Como decía Tomas Mojarro, “ahhh Meeexico”…


