
José Ignacio Domínguez García y Rubén Pabello Acosta (Foto: Facebook).
Jaime Ríos Otero
Conocí al periodista Ignacio Domínguez en la Liga de Comunidades Agrarias y Sindicatos Campesinos del Estado. Por ahí andábamos, recién llegados de la prepa higuense, Feliciano Aguilar Abad, Guadalupe Meza y Rigoberto Rodríguez Turrubiates. Nos refugiábamos en la oficina de Gestoría y Servicios, que estaba asignada a un extrovertido personaje, del que aprendimos mucho y al que admirábamos por su cultura, el ingeniero papanteco Miguel Campos Cruz, uno de los primeros profesionales que fraccionó Poza Rica.
Mis amigos lo conocieron en la gira de Miguel de la Madrid por la zona huasteca, donde el ingeniero era coordinador de transporte y porrista sin par, y ellos, simplemente, jóvenes acarreados. Yo no asistí a esas actividades de campaña porque tenía la fortuna de ser oficinista del Almacén General de Materiales en el Ingenio El Higo, al mando del contador Jorge Ochoa González.
Nachito, como le decían en las distintas dependencias de la Liga, era un tipo simpático con todos. Hacía bien su trabajo, porque al tener mucho roce social, platicaba con todos los trabajadores y sabía quién estaba en el viejo edificio, quién salía, a qué venían las distintas comitivas campesinas, qué eventos tendría Florencio Azúa Gallegos, el líder y en ese tiempo diputado, etcétera. Era aquel un reportero siempre bien vestido, a la moda de lo que llamaban pantalón acampanado, a la cadera, y guayabera, y ternos o coordinados. Zapatos tipo botín, muy bien boleados. Era obvio que se distinguía entre los hombres del campo y aun de los líderes que atiborraban la Liga. Ahí platicaba también con nosotros y se divertía con las anécdotas y aventuras de nuestro ingeniero, que era muy chispeante.
Eran los tiempos de la tremenda crisis de 1982. La ciudad estaba llena de basura porque no había camiones y la zona del Mercado San José, frente a la Liga, era un infestación de mal olor y moscas. No había jabones de baño, shampoos ni pasta dental en el mercado nacional, entre muchas otras cosas. Para acabarla de amolar, tampoco había agua. Era tan tremenda la situación que una opción para asearse era acudir a los baños públicos de Xallitic, El Museo Marino (único que sobrevive), Paraíso o el de Manuel C. Tello. Cuando no había más remedio, íbamos al Consolapa.
En esos ires y venires pasó todo el 83 y la mitad del 84. Justamente en junio contesté una llamada en la casa donde vivía, en la calle Municipal, inmueble propiedad de los señores José Luis Santibáñez y Rosa Aurora Barreiro. Era Nacho, quien luego de los saludos me preguntó: -Oye, tigre, ¿tú qué tal eres para la ortografía? Y yo, que carecía de la noción de modestia le respondí: ¡Soy muy bueno! -¿Seguro? ¿No quieres trabajar? -Pues claro que sí. -Bueno, hay una plaza aquí en el Diario de Xalapa de receptor de cables. Ven hoy a las 4 de la tarde y preguntas por el señor Agustín de Igartúa, es un español. Él te va a poner un examen y, si pasas, te quedas. Era el 11 de junio de 1984 (este jueves, ayer, se cumplieron 42 años)
Y así ocurrió. Era para mí don Agustín de Igartúa un señor impresionante, con ese imperativo de los españoles, pero me aceptó y empecé a aprender justamente enseñado por el propio Ignacio, que en las mañanas reporteaba y en las tardes estaba a cargo del Departamento de Servicios Informativos. Así se llamaba el sitio del Diario donde se recibía la información nacional e internacional. El trabajo consistía en “puntear” las notas que llegaban vía el télex y tres máquinas donde se recibía información de la agencia Lemus, la agencia Excélsior y la UPI (United Press International).

Unifax I y Unifax II.
Los textos, que eran recortados de un rollo de papel sinfín que iban imprimiendo los aparatos (como máquinas de escribir), venían escritos en mayúsculas. “Puntear” significaba ponerles con pluma los acentos, y marcar con una rayita abajo las letras que debieran ser mayúsculas, o bien corregir los amontonamientos porque las variaciones de las microondas ponían erráticas a dichas máquinas.
Además de las tres receptoras (teletipos) y el télex, había que recibir las fotos nacionales, que venían de Excélsior. Para eso se contaba con una especie de máquina con un cartucho en cuyo interior se le ponía papel fotográfico, se establecía la llamada por teléfono y se activaba el aparato, el cual iba deslizando su lámpara interior (como en un fax, que entonces no existía), y grabando la imagen. Daba señal de fin con un silbido típico, había que retirar el cartucho, meterse al cuarto oscuro, revelar, fijar, colgar para que se secara, ponerle papel a la máquina y salir a colocar el tubo para otra imagen. Bien medido el tiempo.
Aparte de esta, acababa de llegar al Departamento un moderno equipo llamado Unifax II, del estilo de una fotocopiadora. Esa funcionaba sola, recibiendo imágenes de UPI vía microondas, y ella misma las cortaba. Sólo había que cuidar que el rollo de papel no se atascara, o más bien, abrirla y desatorar el atascamiento.
Creo que la que más me gustaba era la Unifax I, que ya no se usaba cotidianamente, sólo cuando se descomponía la Unifax II. Esta era vertical, también tenía un rollo de papel, pero la forma de imprimir era con una varilla que se iba moviendo y a su paso iba como “quemando” o poniendo una especie de carbón al papel, con lo que se imprimía la imagen. La I funcionaba por radio, lo que recibía eran radiofotos. Arriba del edificio del Diario había una antena de radio y, desde Nueva York, llegaban hasta acá las imágenes del mundo. También era de UPI.

Nacho y doña Queta.
Así era la rutina en el Departamento de Servicios Informativos. El turno de la mañana era cubierto por el compañero Abelardo Jiménez y Marín y en la tarde yo auxiliaba a Nacho, quien aparte de dirigirme escribía sus notas del ámbito agrario. Y don Agustín, que ahí estaba, atendía otras cosas de producción.
Era Nacho generoso. A las 8 de la noche ya se le antojaban cacahuates, Sabritas o pan. Dimos con ser adictos a los cuernitos rellenos de manjar acompañados por un Cánada Dry (quién sabe por qué gustábamos de ese refresco, años después lo tomo y no me gusta); yo iba a comprar y él pagaba ambos servicios. Los cuernos eran del café de chinos Estadio, de Juan Apo, ahí cerca del Cine Lerdo (hoy teatro J. J. Herrera).
Como reportero y como empleado, era disciplinado. No faltaba y sus notas reflejaban la sencillez del ámbito que él cubría. Se dividía la fuente agraria con Francisco Urbina Soto, pero Paco cubría la parte oficial y Nacho los liderazgos campesinos. Ingeniosa y aguda como ella sola, Rosa Elvira Vargas decía que Paco se dedicaba a reforestar medio año el Cofre de Perote, y Nacho otro medio año a deforestar. Y es que el primero daba cuenta de los programas oficiales y el segundo publicaba las quejas y denuncias de los hombres del campo.
Profesionalmente eran tiempos de gloria para el Diario. El equipo de la redacción se miraba sólido. A cargo de la edición estaba un exigente Pepe Valencia como jefe de Redacción. Abastecía el stock de notas Joaquín Rosas, competente jefe de Información. La planta de reporteros incluía a Rosa Elvira Vargas (incomparables sus notas de color); Ernesto Romero, Eliseo Tejeda, Filiberto Vargas, Víctor Murguía, René del Valle, Francisco Urbina, José Luis Yáñez, Gabriel Arellano. Estaban Santos Solís en la Policiaca. Rosa María y Sonia Reyes, así como Toño Juárez, en Sociales. Mario Santés, acompañado de Santiago Morales e Hilario Rodríguez cubrían Deportes.

Nacho al centro, junto a Ernesto Romero (playera de color); y Joaquín Rosas (de saco marrón).
Cambiaron las cosas al año siguiente. En 1985 empecé a reportear en Sociales y abandoné el mundo del télex, después vino Finanzas y luego Información General y un poco de Policiaca. En 1990, accedí a la Jefatura de Redacción. Ahí volví a interactuar de manera directa con mi querido compañero y favorecedor.
En la Redacción se establecían guardias que cada reportero de Información General cubría hasta el cierre de la edición. Los martes le tocaba a Nacho y, como Santos Solís, entonces marajá de la Sección Policiaca, también se quedaba hasta concluir, lo mismo que yo, dimos por acudir al centro de diversiones menos exclusivo, pero más concurrido de la ciudad, adonde llegábamos como a la una o dos de la mañana, que era la hora de salida del Diario. Sólo íbamos a refrescarnos y a mirar el espectáculo, porque éramos invitados VIP. E íbamos a platicar ¿de qué? De lo único que platicaban los reporteros de aquellos años cuando se iban a despejar: del trabajo. Algunas veces que Augusto Lagunes, propietario del alborozado sitio, nos acompañó, la charla se iba hasta el amanecer.
El título de este texto es una alteración de una calavera que le dedicaron los Garcimarrero y Duende Callejero (don Rubén Pabello Acosta) a Nacho en días de muertos, donde previa rima concluían que era “el reportero agrario que no conoció el ejido”. Esa calavera lo etiquetó y servía para bromas, que no le agradaban mucho. Seguramente conoció muchos ejidos, en los alrededor de 50 años que se mantuvo en la cobertura de la fuente agraria.

La última vez que lo vi fue en el evento realizado en el Holiday Inn Express Xalapa, cuando Marcelo Ebrard aspiraba a ser candidato presidencial, hace dos, tres años. Estaba esperando ingresar acompañado por su esposa, doña Enriqueta Castro, ella muy guapa e impecable, como siempre es.
Vayan los mejores recuerdos y agradecimiento para Nachito, como era universalmente conocido, y un fuerte abrazo de solidaridad para doña Queta, Fallo y Hugo.

José Ignacio Domínguez García y su esposa, señora Enriqueta Castro de Domínguez. Foto Facebook.



