
La inteligencia emocional como herramienta profesional
Francisco Emiliano Estrada Salas
Licenciado en Psicología. Facilitador en Mediación y Conciliación del Centro de Medios Alternos de Solución de Controversias (CEMASC) del Poder Judicial del Estado de Coahuila. Terapeuta familiar y de pareja, Catedrático universitario, conferencista y autor del libro Alostasis: La biología del alma. Su labor profesional se enfoca en la cultura de paz, la inteligencia emocional y la transformación de conflictos.
Durante gran parte de mi formación profesional escuché que una persona exitosa era aquella que poseía una gran capacidad intelectual. Parecía que comprender, analizar, razonar y resolver problemas era suficiente para desempeñarse adecuadamente en cualquier ámbito profesional. Sin embargo, con el paso de los años, tanto en la psicoterapia como en la mediación, fui descubriendo una realidad mucho más compleja.
He conocido personas extraordinariamente inteligentes que tienen dificultades para relacionarse con los demás, manejar la frustración o tomar decisiones en momentos emocionalmente difíciles. Del mismo modo, he observado personas con capacidades intelectuales promedio que logran resolver conflictos, construir relaciones saludables y ejercer liderazgos profundamente humanos gracias a su capacidad para comprender y gestionar sus emociones. Fue precisamente esta observación la que despertó el interés de diversos investigadores por estudiar aquello que hoy conocemos como inteligencia emocional.
Daniel Goleman la define como la capacidad para reconocer, comprender y gestionar nuestras propias emociones, así como identificar e influir de manera positiva en las emociones de otras personas. Aunque esta definición suele analizarse desde ámbitos organizacionales, educativos o clínicos, considero que encuentra uno de sus escenarios más importantes en la mediación.
Como facilitadores, trabajamos diariamente con seres humanos que atraviesan situaciones complejas. Detrás de cada expediente existe una historia personal. Detrás de cada desacuerdo suele haber emociones acumuladas, necesidades no expresadas, sentimientos de injusticia, decepciones o heridas que en ocasiones llevan años sin ser atendidas.
Con frecuencia, las personas no llegan a una sesión de mediación únicamente con un conflicto jurídico. Llegan también con miedo, enojo, tristeza, incertidumbre o desesperanza. Por ello, la labor del facilitador va mucho más allá del conocimiento normativo o procedimental. Requiere sensibilidad para escuchar, capacidad para contener emocionalmente, apertura para comprender perspectivas distintas y equilibrio suficiente para mantener la imparcialidad aun en contextos emocionalmente intensos.
En mi experiencia, algunas de las herramientas más valiosas de un facilitador no se encuentran en los códigos, los manuales o los protocolos. Se encuentran en su capacidad para escuchar sin juzgar, regular sus emociones, conectar empáticamente con las personas a través del sentido del humor y sostener espacios seguros para el diálogo. Es aquí donde la inteligencia emocional adquiere una relevancia fundamental.
El autoconocimiento nos permite identificar nuestros propios estados emocionales y evitar que interfieran en el proceso. La autorregulación favorece la serenidad cuando las emociones de las partes aumentan de intensidad. La empatía facilita comprender las necesidades que existen detrás de las posiciones. Las habilidades sociales fortalecen la confianza y la comunicación, elementos indispensables para la construcción de acuerdos.
Sin embargo, existe un aspecto que pocas veces analizamos con profundidad. ¿Qué ocurre cuando estas capacidades emocionales comienzan a desgastarse?
Quienes trabajamos permanentemente acompañando conflictos también estamos expuestos al cansancio emocional, al estrés y a la fatiga por compasión. A veces ese desgaste no se manifiesta únicamente en nuestro estado de ánimo; también puede reflejarse en nuestra concentración, claridad mental, creatividad o capacidad para tomar decisiones. Esta reflexión me llevó a formular una pregunta que, en aquel momento, parecía sencilla pero terminó convirtiéndose en el eje central de una investigación: ¿existe una relación entre la inteligencia emocional y nuestras capacidades cognitivas?
La neurociencia contemporánea ha demostrado que emociones y cognición no funcionan como sistemas independientes. La atención, la memoria, el razonamiento, el lenguaje y la toma de decisiones mantienen una interacción constante con nuestro mundo emocional. Cuando una persona experimenta equilibrio emocional, suele mostrar una mayor capacidad para concentrarse, resolver problemas y adaptarse a situaciones complejas. Por el contrario, el estrés sostenido y el desgaste emocional pueden afectar significativamente estas funciones. Dicho de otra manera, la mente y el corazón trabajan juntos mucho más de lo que durante años llegamos a imaginar.
La pregunta entonces deja de ser si la inteligencia emocional es importante para el facilitador. La verdadera pregunta es hasta qué punto influye en la calidad de nuestras decisiones, en nuestra capacidad de análisis y en la manera en que acompañamos los procesos de diálogo.
Comprender esta relación fue precisamente el punto de partida de una investigación realizada con facilitadores del Centro de Medios Alternos de Solución de Controversias (CEMASC) del Poder Judicial del Estado de Coahuila. Más que evaluar conocimientos o habilidades técnicas, el interés consistió en explorar si el fortalecimiento de determinadas competencias emocionales podía generar cambios observables en el funcionamiento cognitivo de quienes ejercen la mediación.
Los resultados obtenidos permitieron abrir nuevas reflexiones sobre la forma en que emociones y pensamiento interactúan dentro de la práctica profesional del facilitador, aportando elementos que invitan a reconsiderar la manera en que concebimos la formación de quienes tienen la responsabilidad de construir acuerdos y promover la cultura de paz.
En la siguiente entrega compartiré la metodología utilizada, los instrumentos de evaluación aplicados y las actividades de autoexploración emocional desarrolladas durante esta experiencia, como antesala para comprender los hallazgos obtenidos.


