
Gane o pierda el equipo, tu pasión no justifica ninguna agresión
FERNANDO CÓRDOVA DEL VALLE
Licenciado en Derecho por la Universidad Villa Rica. Maestro en Derecho de Amparo. Doctor en Ciencias Penales con Excelencia Académica. Magistrado del Segundo Tribunal Colegiado de Apelación del Segundo Circuito, con sede en Toluca. Catedrático, ponente e instructor. Autor de libros y artículos. Medalla al Mérito Jurídico y Presea “Lince de Oro”.
Artículo publicado en la edición 51 de revista Jurista, página 66
El fútbol es una pasión profundamente arraigada en muchas culturas, especialmente en América Latina. Este deporte, capaz de reunir a familias, amigos y naciones enteras frente a una pantalla, también tiene un lado oscuro que rara vez se discute: el aumento de la violencia familiar durante y después de los partidos, en especial cuando se trata de encuentros de alto impacto, como finales o partidos de la selección nacional.
Durante los encuentros, las emociones se magnifican. La victoria puede traducirse en euforia descontrolada, mientras que la derrota se transforma en frustración profunda. Esta montaña rusa emocional, combinada con factores como el consumo excesivo de alcohol, expectativas personales proyectadas en el rendimiento del equipo y una cultura machista que no enseña a gestionar la ira, puede culminar en violencia hacia quienes están más cerca: mujeres, niñas, niños y personas mayores dentro del entorno familiar.
Desde pequeños, a muchos niños se les enseña a amar la camiseta, a vivir con intensidad los partidos y a defender a su equipo como si fuera parte de su identidad. Pero también ven —y aprenden— cómo se reacciona cuando ese equipo pierde. Si el ejemplo que reciben en casa es el de gritar, insultar, romper cosas o golpear, crecerán creyendo que así se demuestra la pasión. El ciclo de la violencia comienza en los gestos, en nuestra forma de reaccionar, que normalizamos frente a ellos.
Lo mismo ocurre con el consumo de alcohol. En muchos hogares, los partidos se viven con cervezas en la mano, a veces incluso con los niños y niñas presentes. Otras veces, sin que estén ahí, pero sabiendo que el exceso los espera al volver.
El mensaje es claro: se bebe para celebrar o para olvidar, sin límites. Y bajo ese estado alterado, el control emocional se pierde y las agresiones se disparan. La afición mal entendida no sólo destruye el presente, también deja heridas en la infancia que se repiten en el futuro.
Lo más alarmante es que esta violencia no distingue si el equipo gana o pierde. En ambos escenarios, el hogar —que debería ser un espacio seguro— se convierte en campo de batalla emocional.
Estudios en distintas partes del mundo han documentado un aumento significativo de la violencia doméstica en días de partidos importantes:
– Reino Unido: Las denuncias de violencia doméstica aumentaron un 26% cuando la selección nacional ganaba o empataba, y un 38% cuando perdía.
– Colombia: Durante los Mundiales de 2014 y 2018, las denuncias por violencia intrafamiliar aumentaron entre un 25% y 38% en días de partido de la selección.
– Brasil: Entre 2015 y 2018, se registró un aumento del 26% en las denuncias por lesiones y del 23.7% en amenazas a mujeres durante días de partido.
– México: Se ha detectado un incremento en los reportes de agresiones sexuales tras derrotas inesperadas de la selección nacional.
El fútbol no es el enemigo. Es una pasión noble que puede construir comunidad, identidad y valores. Pero es también un espejo: refleja lo que somos como sociedad. Cuando lo que se refleja es violencia, machismo y descontrol, tenemos que detenernos y cuestionar. ¿Vale la pena un gol si después termina en un grito, un golpe o una amenaza dentro del hogar? ¿Qué clase de victoria es aquella que convierte el hogar en un lugar de miedo?
No se trata de dejar de ver fútbol, sino de aprender a vivirlo de forma responsable. El control emocional, el consumo consciente de alcohol y, sobre todo, el respeto a quienes comparten la vida con nosotros, son claves para prevenir que una afición se convierta en una excusa para lastimar.
Trato de expresar como aficionado y amante del fútbol, que el marcador que importa no es el del estadio, sino el de nuestra familia, amigos y compañeros, sin importar el sexo. Si una noche de fútbol termina con una mujer llorando, un niño con miedo o una familia rota, entonces no ganamos nada.
Gane o pierda el equipo, no podemos permitir que en casa siempre pierdan los más vulnerables.
Propongo mensajes antes, durante y después de cada partido de fútbol, alertando sobre este tema.
- Pláticas con los y las jugadoras de fútbol, para que también tomen conciencia de ello. No sólo los aficionados son el foco rojo de violencia, también quienes integran los equipos y sus directivos.
- Conferencias abiertas al público sobre el tópico.
- Insertar en las playeras de los equipos frases alusivas como “la pasión no justifica la agresión”; “Perder un partido no es perder el respeto”; “Gane tu equipo o no… no pierdas la cabeza”.


