Más allá de la «funa»

Mecanismos de Solución de Conflictos y cultura de paz para la Generación Z

Diana G. Campos Pizarro

Profesora de MSC y Mediadora Privada

Nos enseñaron que la única forma de hacer “justicia” es encontrar a un culpable, señalarlo y castigarlo. Crecimos viendo un sistema penal colapsado donde, de acuerdo con datos del INEGI, solo el 1% de los hechos denunciados llegan a una sentencia o a la reparación efectiva del daño. En la vida cotidiana y en el entorno digital solemos replicar esa misma lógica: cancelamos, bloqueamos o atacamos. Sin embargo, ¿cuántas veces el castigo o la «funa» han sanado realmente una herida o resuelto un conflicto de fondo?

Pensar que resolver conflictos mediante el diálogo es “debilidad” o “una justicia de chocolate” es uno de los grandes mitos del pensamiento jurídico tradicional. La ciencia y la neurobiología nos lo demuestran: La cultura de la funa o la lógica de la cancelación, o castigo aflictivo, solo satura el cerebro de cortisol y atrofia la empatía, mientras que los procesos restaurativos estimulan la neuroplasticidad, abren espacio a la regulación emocional y reconstruyen lo que la violencia rompió.

Esta forma de encontrarnos no es un invento reciente; constituye la renovación de saberes ancestrales que han regulado y pacificado a la humanidad desde sus orígenes. En la Mesoamérica prehispánica —como nos recuerda el maestro Guillermo Floris Margadant— la justicia no se reducía al castigo corporal. Otro autores documentan la existencia de los Tlahtoque (Consejos de Ancianos) en el Calpulli, cuya función central era la reconciliación circular del grupo. Asimismo, Fray Bernardino de Sahagún describe la labor de los Pochtecatlatoque, jueces-comerciantes del Tianquiztli de Tlatelolco, quienes administraban una justicia oral e in situ, exigiendo la restitución inmediata del bien disputado para mantener la armonía de la plaza pública.

Esta lógica restaurativa constituye una constante civilizatoria global: se manifiesta en África Subsahariana a través de la filosofía Ubuntu («una persona es persona a través de las demás»); en la tradición Maorí de Nueva Zelanda, que dio origen a las Conferencias de Grupos Familiares; en las metodologías circulares de las Primeras Naciones de Norteamérica; y en la China imperial, donde la cosmovisión confuciana privileged la armonía moral (Li) por encima del castigo de la ley penal aflictiva (Fa). Todas estas visiones comprendieron antes que nosotros que la verdadera justicia no consiste en etiquetar ganadores y perdedores, sino en sanar el tejido social lesionado por la diferencia.

Hoy, la ciencia jurídica del acceso a la justicia, el artículo 17 constitucional y la Suprema Corte de Justicia de la Nación reconocen que el acceso al diálogo y a los Mecanismos de Solución de Conflictos goza de la misma dignidad constitucional que cualquier juicio ante un tribunal. Pero la verdadera transformación no va a ocurrir únicamente en los expedientes ni en las salas de juzgado: se edifica todos los días en las aulas, en los hogares y en los espacios comunitarios de convivencia.

Pertenezco a la Generación X, pero todos los días aprendo de las alumnas y los alumnos que habitan mis aulas. A mis estudiantes de la Gen Z se los digo con profunda convicción: la cultura de paz no es una actitud pasiva ni un ideal lejano, sino una construcción cotidiana que nace del reconocimiento pleno del otro y de la otra. Tienen en sus manos la valiosa oportunidad de demostrar que se puede sostener una postura firme sin cancelar, y ser profundamente críticos desde el respeto, la empatía y el cuidado mutuo. Mi tarea como profesora es brindarles herramientas para que se conviertan en las mediadoras y los mediadores, en los puentes de diálogo de sus propios espacios de convivencia: sus hogares, sus escuelas y sus comunidades. Trascendamos la pantalla: la verdadera transformación ocurre cuando miramos de frente al otro y a la otra, escuchamos su historia y construimos en conjunto.

La paz no es solo discurso: la paz no se desea, se construye de frente al otro y a la otra. Encontrémonos en la acción del diálogo y la mediación.

Nota de agradecimiento y reconocimiento:

Mi sincero reconocimiento y agradecimiento a Octavio Ruiz Martínez, Director General de la Revista JURISTA, por su constante apertura y por brindarme el espacio y los medios para conectar con mis alumnas y alumnos de la Generación Z.

Construir una cultura de paz exige abrir canales donde la juventud se reconozca, escuche y participe activamente. Gracias, Octavio, por hacer de JURISTA una plataforma viva para el diálogo intergeneracional y la transformación del pensamiento jurídico.

¡Seguimos trabajando en equipo por y para nuestras juventudes!

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